martes, 17 de abril de 2012

ROMANCE AL HIJO QUE NO TUVIMOS..


Hubiera podido ser
hermoso como un jacinto
con tus ojos y tú boca
y tú piel color de trigo,
pero con un corazón
grande y loco como el mío.
Hubiera podido ir,
las tardes de los domingos,
de mi mano y de la tuya,
con su traje de marino,
luciendo un ancla en el brazo
y en la gorra un nombre antiguo.
Hubiera salido a ti
en lo dulce y en lo vivo,
en lo abierto de la risa
y en lo claro del instinto,
y a mí... tal vez saliera
en lo sagaz y en lo lírico,
y en esta torpe manera
de verlo todo distinto.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
Tres caballos, dos espadas,
un carro verde de pino,
un tren con cuatro estaciones,
un barco, un pájaro, un nido,
y cien soldados de plomo,
de plata y oro vestidos.
¡Ay, qué cuarto con juguetes,
amor, hubiera tenido!
¿Te acuerdas de aquella tarde,
que te canté al oído?
Temblaba tú cintura
como un pájaro cautivo,
y nueve lunas de sombra
iluminaban nuestro camino.
Tú me escuchabas, sonriente,
mientras yo, soñaba contigo.
"¡Cuando tengamos un hijo!..."
Tú, en mi sueño le cantabas
nanas con amor y delirio,
e ibas lavando pañales
por las orillas de un río.
Yo, arquitecto de ilusiones
levantaba en equilibrio
una torre de esperanzas
con un balcón de suspiros.
¡Ay, qué gloria, amor, qué gloria
cuando tengamos un hijo!
En tú corazón de hielo
mi sueño se quedó frío,
entre azucena y manzana,
entre romero y membrillo.
¡Qué pálidos los encajes,
qué sin gracia los vestidos,
qué sin olor los pañuelos
y qué sin sangre el cariño!
Tú velo blanco de novia,
por tú olvido y por mi olvido,
fué un camino de Santiago,
doloroso y amarillo.
Yo me casé con otra,
tú con otro hiciste lo mismo;
juramentos y palabras
quedaron secos y marchitos
en un antiguo almanaque
sin sábados ni domingos.
Ahora sales de paseo,
rodeada de tus hijas,
dando el brazo a tú marido,
nos saludamos de lejos,
como dos desconocidos;
tú marido ni se inmuta
mientras yo por tí me muero,
y tú sonríes sin gana,
mientras tus ojos te delatan
pero yo no me doy cuenta
de que hemos envejecido,
porque te sigo queriendo
igual o más que al principio.
Y te veo como entonces,
con tú cintura de lirio,
un jazmín entre los dientes,
y tú piel del color como el del trigo
y en mi interior resuena
aquella frase que yo me repetía:
"¡Cuando tengamos un hijo!..."
Y en esas tardes de lluvia,
cuando despiertan los sentidos
y yo paso por tú calle
con mi pena y con mi delirio
me gusta pensar que me ves
arropada por los visillos:
Y que te dices a tí misma
"¡Ay, si yo con ese hombre
hubiera tenido un hijo!..."

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