miércoles, 30 de octubre de 2013

Las vidas cristalinas son lupas para el sol 
y provocan incendios, 
hay que ser opaco, ser el otro, 
siempre el otro. 
"El mar en la dieta sin sal de las sirenas"
Pasarte otra pantalla en el juego de la vida es saber qué hacer cuando un solo pensamiento te martillea el cráneo, insistente como un grifo que gotea una, y otra, y otra vez, y tú mientras atado en la cama sabiendo que esas gotas seguirán percutiendo dentro de tú cabeza, y otra gota y otra y otra, hasta agotar, gota a gota, todos los mares de la tierra. Esa mujer que aparece asfixiándote el recuerdo, esa nítida imagen de aquel primer beso, de su lengua jugando con tu lengua como dos medusas, de tu mano en su cintura tanteando los límites de un sueño y tú dejándote perder todas las noches, o el sonido fantasma de su voz que a veces te sigue despertando en mitad de la noche, y palpas la cama y no es ella, y otra vez gotea el grifo y el insomnio se enquista en tus ojos como posos de recuerdos que al caer se acumulan y hacen bolsas.
Como bien dijo Voltaire: “La escritura es la pintura de la voz”. Escribimos para sacar fuera lo que no podemos tocar; para fosilizar cada sensación, cada sentimiento; para ordenar todas esas ideas que amontonamos en las estanterías de nuestra cabeza. Escribimos para entendernos, para leer lo que somos o incluso lo que nos gustaría ser, escribimos para ganarle terreno al corazón (tanto al propio como al de aquella mujer que se sienta dos asientos más atrás, que te mira y te sonríe).
Cuando una persona escribe, en realidad está soltando lastre, delegando su responsabilidad en unas cuantas líneas cerradas con candado y llave evitando así que nadie pueda entrar en su intimidad. El candado demuestra que cada alma cuenta con su propia llave de acceso. Por eso, si te inicias en el arte de “pintar la voz”, como dijo Voltaire, te recomiendo que lo sueltes todo y que luego tires la llave al mar, y si tu ciudad no tiene mar, a falta de poesía, siempre puedes usar el water.
Las historias finalizan
cuando no queda más papel
donde escribirlas
porque alguien decidió tirar
los folios por la ventana.

Odio a esas personas de edades chapadas en oro que solo saben hablar de enfermedades, del me duele aquí, del me duele allá, del hemos venido a este mundo para sufrir. Veamos, si su vida es una mierda, si no utilizan su intelecto más que para soltar sapos y culebras, prefiero (sin ninguna duda) ser sordo, o ciego, o ambas cosas, y digo esto porque la envidia de saber cuánto habrán vivido, o cuántas anécdotas interesantes tendrán en la memoria queda mutilada por una apatía enfermiza cuyo juego no pienso seguir en lo que me queda de vida. Quien llega a la madurez y sólo sabe quejarse, está violando la magia del recuerdo, el romanticismo impreso en sus neuronas de todo aquello que puede contar y no lo hace. Y me jode tanto porque yo soy de los que tienden a creer en un mundo lleno de matices, en tener demasiado que decir desde que contamos con ojos para verlo todo, con oídos para escucharlo todo, con labios para besarlo todo y, sobre todo, con un alma capaz de alcanzar los picos más altos sin necesidad de dar un solo paso.

sábado, 19 de octubre de 2013

Atento al potencial que supone soñar cada noche con aquello con lo que se piensa con insistencia, justo antes de dormirme, estuve recordando aquel día que fuimos a patinar sobre hielo en la primavera de 1979 y se me ocurrió hacerlo acompañado de un par de somníferos. En mis recuerdos aparecía feliz y borracho de amor, (aún desconocía como acabaría todo aquello) más terde, los somníferos hicieron su efecto: me dormí y tú entraste en mi sueño, entraste en mi mente y yo cerré todas las salidas y te dije que no volvería a pasar, que aquel desliz que tuve fue sin duda el mayor error de mi vida.

miércoles, 16 de octubre de 2013


Imagina que desconfías del suelo, que pierdes la fe en la consistencia del asfalto y no te atreves siquiera a salir a la calle por miedo a tropezar y caer, Imagina qué sensación.
No hicieron creer que el Poder Judicial era la base misma de nuestro Estado de Derecho, el suelo firme donde asentar los pilares que sustentan la Democracia, nos hicieron creer que todos somos iguales ante la Ley y para ello establecieron, o así nos lo hicieron creer, la separación del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Nosotros, ciudadanos de a pié, nos vimos en la obligación de creer en su palabra porque se hace díficil caminar sobre un suelo de tablas rotas. (Si no hay justicia social, todo lo demás se hunde). Pero mientras comenzamos a caminar con paso firme, nos fueron llegando noticias en forma de temblores, el suelo tiembla cuando el Supremo absuelve a ’Los Albertos’ al considerar prescrito un delito de estafa por el caso Urbanor, o cuando si ocultas 2.000 millones en Suiza y te apellidas Botín no pasa absolutamente nada, o cuando el único imputado por los crímenes de la dictadura franquista acaba siendo el mismo Juez que investiga la causa, o cuando la esposa de un imputado por varios delitos, cuya firma figura en los poderes de las empresas implicadas, es hija de nuestro no elegido Rey, no es siquiera llamada a declarar, o cuando el elegantísimo Camps hace negocios con una trama corrupta a costa del dinero de los valencianos y sin embargo es declarado no culpable, o cuando en un mismo delito tú defensa y sentencia dependan del dinero que tengas para pagarte un “buen” abogado. Ahí, después de la enésima evidencia (sobre todo después de esta última), comienzas a dejar de creer en el mismo suelo que sustenta los cimientos de la democracia. Así que ahora sólo me queda preguntar a esos “padres de la Democracia” que pidieron mi confianza: Si ya no me fío ni del suelo que piso, si ya he perdido la confianza y las ganas de caminar, ¿qué me queda?
A veces es dificil mantener el estado de ánimo, más aún cuando lo de fuera se cuela sin querer en tú interior (Como un virus) y te bloquea las ganas. Y es que de un tiempo a esta parte he dejado de sentirme libre, al menos no como antes, la culpa, en gran medida, la tiene el clima social que ahora estamos sufriendo, no puedo evitar que me afecte estar gobernado por una banda de sinvergüenzas sin escrúpulos que tapan sus miserias a la vez que desmantelan los pilares básicos del bien común como la sanidad, la educación o las pensiones, o mientras veo alguno de mis amigos despedirse de alguno de sus hijos, (gente formadísima), porque no les queda otra solución más que emigrar, me es imposible encender la tele, o la radio, o leer periódicos, o charlar con la gente sin que me hierva la sangre, todo a mi alrededor es pesimismo y resulta difícil aislarse de eso, resulta difícil encender el ordenador y darle a la tecla sin que se cuele, aunque sea sólo por una rendija, ese fango acumulado. Lo sigo intentando, pero es difícil.


No me preguntes por qué, pero me estoy imaginando que estoy en la cubierta superior de un barco, uno de esos cruceros enormes bordeando la costa de Francia dirección Marsella o Mónaco o Júpiter, no estoy seguro, bebiendo mi quinto Martini mientras observo a un grupo de viudas rellenitas de pelo corto y mechas rojas, naranjas, caoba, aprendiendo a bailar el chachachá, siguiendo los pasos de un monitor cubano. En esto la música del DJ cambia a sevillanas y a mi lado dos solteronas saltan de la silla y gritan ¡VAMOS! y se plantan una enfrente de la otra con los brazos en pose botijo a la espera de arrancarse con el MÍRALA CARA A CARA QUE ES LA SEGUNDA, y yo las sigo, hipnotizado, no puedo dejar de mirarlas, y bebo la copa de golpe y me siento astronauta en la cola del Caprabo. Pero entonces giro la cabeza y ahora nuestro barco está pasando por un enorme puerto militar, con buques de guerra y portaaviones franceses atracados (veo el Charles de Gaulle, inmenso) y estoy pensando en lanzarles una bengala de auxilio, en levantarme y hacer señas con los brazos, o señales de humo. Un S.O.S. Un “Mátennos, por piedad, lancen bombas; no me importa morir por la causa”. Pero entonces pienso en TÍ, que estás durmiendo abajo, camarote 069, ajena a todo, duermes mientras el barco parte en dos las olas que mecen tus sueños. Ahora sé que este barco vale oro sólo por la cama del 069, y me levanto de la silla y arranco el mantel blanco de la mesa, cae la copa, y comienzo a ondearlo a modo de bandera de la paz, me rindo, detengan el ataque, y de súbito me alegro de que no disparen pero no por mí, ni mucho menos por el resto del pasaje, sino por tí, sólo tú mereces salvarte de este infierno, sólo tú mereces que este mundo avance, sólo tú consigues que al fin entienda cuál es la diferencia entre el bien y el mal, y si, lo sé, soy consciente de que solo eres una entre mil tripulantes, exactamente un cero coma uno por ciento del pasaje, pero ese cero coma uno lo eclipsa todo, haciendo bella la vida que me sostiene.

Podría decirte que hay abrazos que duran toda la vida, cuando cierras los ojos. También podría contarte que hay personas que aparecen cuan...