
Imagina
que desconfías del suelo, que pierdes la fe en la consistencia del
asfalto y no te atreves siquiera a salir a la calle por miedo a tropezar
y caer, Imagina qué sensación.
No hicieron creer que el Poder
Judicial era la base misma de nuestro Estado de Derecho, el suelo firme
donde asentar los pilares que sustentan la Democracia, nos hicieron
creer que todos somos iguales ante la Ley y para ello
establecieron, o así nos lo hicieron creer, la separación del Poder
Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Nosotros, ciudadanos de a pié, nos
vimos en la obligación de creer en su palabra porque se hace díficil
caminar sobre un suelo de tablas rotas. (Si no hay justicia social, todo
lo demás se hunde). Pero mientras comenzamos a caminar con paso firme,
nos fueron llegando noticias en forma de temblores, el suelo tiembla
cuando el Supremo absuelve a ’Los Albertos’ al considerar prescrito un
delito de estafa por el caso Urbanor, o cuando si ocultas 2.000 millones
en Suiza y te apellidas Botín no pasa absolutamente nada, o cuando el
único imputado por los crímenes de la dictadura franquista acaba siendo
el mismo Juez que investiga la causa, o cuando la esposa de un imputado
por varios delitos, cuya firma figura en los poderes de las empresas
implicadas, es hija de nuestro no elegido Rey, no es siquiera llamada a
declarar, o cuando el elegantísimo Camps hace negocios con una trama
corrupta a costa del dinero de los valencianos y sin embargo es
declarado no culpable, o cuando en un mismo delito tú defensa y
sentencia dependan del dinero que tengas para pagarte un “buen” abogado.
Ahí, después de la enésima evidencia (sobre todo después de esta
última), comienzas a dejar de creer en el mismo suelo que sustenta los
cimientos de la democracia. Así que ahora sólo me queda preguntar a esos
“padres de la Democracia” que pidieron mi confianza: Si ya no me fío ni
del suelo que piso, si ya he perdido la confianza y las ganas de
caminar, ¿qué me queda?