Como
bien dijo Voltaire: “La escritura es la pintura de la voz”. Escribimos
para sacar fuera lo que no podemos tocar; para fosilizar cada
sensación, cada sentimiento; para ordenar todas esas ideas que
amontonamos en las estanterías de nuestra cabeza. Escribimos para
entendernos, para leer lo que somos o incluso lo que nos gustaría ser,
escribimos para ganarle terreno al corazón (tanto al propio como al de aquella mujer que se sienta dos asientos más atrás, que te mira y te sonríe).
Cuando una persona escribe, en realidad está soltando lastre, delegando su responsabilidad en unas cuantas líneas cerradas con candado y llave evitando así que nadie pueda entrar en su intimidad. El candado demuestra que cada alma cuenta con su propia llave de acceso. Por eso, si te inicias en el arte de “pintar la voz”, como dijo Voltaire, te recomiendo que lo sueltes todo y que luego tires la llave al mar, y si tu ciudad no tiene mar, a falta de poesía, siempre puedes usar el water.
Cuando una persona escribe, en realidad está soltando lastre, delegando su responsabilidad en unas cuantas líneas cerradas con candado y llave evitando así que nadie pueda entrar en su intimidad. El candado demuestra que cada alma cuenta con su propia llave de acceso. Por eso, si te inicias en el arte de “pintar la voz”, como dijo Voltaire, te recomiendo que lo sueltes todo y que luego tires la llave al mar, y si tu ciudad no tiene mar, a falta de poesía, siempre puedes usar el water.

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