Odio
a esas personas de edades chapadas en oro que solo saben hablar de
enfermedades, del me duele aquí, del me duele allá, del hemos venido a
este mundo para sufrir. Veamos, si su vida es una mierda, si no utilizan
su intelecto más que para soltar sapos y culebras, prefiero (sin
ninguna duda) ser sordo, o ciego, o ambas cosas, y digo esto porque la
envidia de saber cuánto habrán vivido, o cuántas
anécdotas interesantes tendrán en la memoria queda mutilada por una
apatía enfermiza cuyo juego no pienso seguir en lo que me queda de vida.
Quien llega a la madurez y sólo sabe quejarse, está violando la magia
del recuerdo, el romanticismo impreso en sus neuronas de todo aquello
que puede contar y no lo hace. Y me jode tanto porque yo soy de los que
tienden a creer en un mundo lleno de matices, en tener demasiado que
decir desde que contamos con ojos para verlo todo, con oídos para
escucharlo todo, con labios para besarlo todo y, sobre todo, con un alma
capaz de alcanzar los picos más altos sin necesidad de dar un solo
paso.

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