miércoles, 16 de octubre de 2013


Imagina que desconfías del suelo, que pierdes la fe en la consistencia del asfalto y no te atreves siquiera a salir a la calle por miedo a tropezar y caer, Imagina qué sensación.
No hicieron creer que el Poder Judicial era la base misma de nuestro Estado de Derecho, el suelo firme donde asentar los pilares que sustentan la Democracia, nos hicieron creer que todos somos iguales ante la Ley y para ello establecieron, o así nos lo hicieron creer, la separación del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial. Nosotros, ciudadanos de a pié, nos vimos en la obligación de creer en su palabra porque se hace díficil caminar sobre un suelo de tablas rotas. (Si no hay justicia social, todo lo demás se hunde). Pero mientras comenzamos a caminar con paso firme, nos fueron llegando noticias en forma de temblores, el suelo tiembla cuando el Supremo absuelve a ’Los Albertos’ al considerar prescrito un delito de estafa por el caso Urbanor, o cuando si ocultas 2.000 millones en Suiza y te apellidas Botín no pasa absolutamente nada, o cuando el único imputado por los crímenes de la dictadura franquista acaba siendo el mismo Juez que investiga la causa, o cuando la esposa de un imputado por varios delitos, cuya firma figura en los poderes de las empresas implicadas, es hija de nuestro no elegido Rey, no es siquiera llamada a declarar, o cuando el elegantísimo Camps hace negocios con una trama corrupta a costa del dinero de los valencianos y sin embargo es declarado no culpable, o cuando en un mismo delito tú defensa y sentencia dependan del dinero que tengas para pagarte un “buen” abogado. Ahí, después de la enésima evidencia (sobre todo después de esta última), comienzas a dejar de creer en el mismo suelo que sustenta los cimientos de la democracia. Así que ahora sólo me queda preguntar a esos “padres de la Democracia” que pidieron mi confianza: Si ya no me fío ni del suelo que piso, si ya he perdido la confianza y las ganas de caminar, ¿qué me queda?

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