jueves, 17 de enero de 2013

9-15 de la mañana, otra vez en la maldita oficina del Inem, "hoy hace algo de frío", comentan algunos de los que estan en la calle fumando un cigarrillo mientras esperan su turno, saludo algun que otro conocido,(ultimamente solo nos vemos aquí), me fijo y veo en algunas caras una agónica necesidad de sentirse siempre acompañados, o de que siempre exista alguien al otro lado esperando en su destino, o llenando cada hueco de su agenda para no estar nunca solos y así evitar el silencio o el vacío, ultimamente ya no se empachan de planes y acaban el día siempre exhaustos, rendidos, y duermen bien por las noches (de puro cansancio o con pastillas, los más graves) y todas las mañanas siguientes se despiertan temprano aunque no tengan mucho que hacer, no hay vida social frenética ni cita en la peluquería, ni en el gimnasio, las clases de inglés o de cocina hace tiempo que quedaron atrás, ahora solo les queda hacer la compra, el zapping o sacar al perro; y así día tras día, semana tras semana y un mes tras otro hasta que al fin, aunque sólo sea por pura inercia o por falta de costumbre, consiguen su objetivo: no escucharse, y descartar un contacto íntimo 
o introspectivo con ellos mismos.
Tal vez les aterra el eco insoportable de su voz interior, de lo qué podría decirles si la escucharan o tal vez no quieran sorpresas por miedo al abismo, al fracaso del YO, al indomable potencial que todos llevamos dentro.
Imagina que un buen día te sorprendes pensando que todo es relativo y de súbito comienzas a cuestionarte tus propias rutinas, tus costumbres, por qué haces lo que haces o si realmente encuentras placer en ello, imagina que ese nuevo relativismo te lleva a mandarlo todo a la mierda, traumas incluidos, y empiezas de cero en otra parte, más lejos de todo pero mucho más cerca de ti, imagina que comienzas a conocerte, a aceptarte y a quererte tal y como eres, imagina que ya no necesitas proyectarte en el amor de los demás porque ya eres capaz de producirlo por ti mismo, 
qué miedo, ¿no?

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