jueves, 20 de noviembre de 2014

¡Por cierto! Si muero antes que tú, hazme
un favor, llora cuanto quieras, pero no te
enfades con ese Dios en el que tu crees por
haberme llevado. Y si no quieres llorar,
no llores, y si no logras llorar no te preocupes,
y si algunos amigos te cuentan algo de mí,
óyelos pero no creas todo lo que digan,
si me elogian demasiado, corrige la exageración,
si me critican demasiado, defiéndeme,
si quieren hacerme un santo sólo porque
he muerto, diles que estaba lejos de ser
el santo que pintan. Si quieren hacerme un
demonio, diles que tal vez tuve algo de demonio, 

pero que toda la vida procuré ser buena persona.
Y si quieres decirles algo sobre mi,
diles solo una frase:
¡Fue mi amigo, creyó en mi
y me quiso toda su vida!
Ahí entonces derrama una lágrima.
¿Crees en estas cosas? Entonces, reza para
que los dos vivamos como quien sabe
que va a morir un día
y que muramos como quien supo vivir.
La amistad sólo tiene sentido
si hace el cielo más cercano

martes, 18 de noviembre de 2014

Algunas veces, cuando los astros conjugan tú nombre y suena la canción precisa y se disipan las nubes tormentosas y no hace frío y el calor es placentero, noto un ascensor recorriéndome la espina dorsal de abajo arriba, un ascensor manejado por tí, (y yo también dentro), sonriente, ascendiendo los dos hacia mi nuca. Es raro sentirme dentro de mí en blanco y negro ascendiendo hasta mi cerebro con la ascensorista más guapa del edificio de mi cuerpo, y en cierto modo siento claustrofobia de mí mismo, pero todo está limpio y la lluvia de fuera a de importarte bien poco (no te mojaras estando dentro de mi).
Subimos al ático. Hay fiesta en el hemisferio izquierdo de mi cabeza, (celebramos que ahora todo esté más claro entre nosotros) tomamos un coctail y charlamos de lo nuestro. Luego tú sacas un espejo roto y todo se desgrana. Decido salir de mí y resulta que fuera todo parece intacto.
Y entre estos dos mundos me debato, el de dentro a veces placentero, y el de fuera que me invento a veces. Ahora sólo busco ese ascensor de dentro que me lleve al piso que tú quieras.

domingo, 16 de noviembre de 2014

Pienso en ese abuelo que camina despacio, veintitrés minutos desde su casa al supermercado que hay apenas cien metros más allá atravesando un pequeño parque, en el supermercado recorre unos pasillos sabidos de memoria, toma lo que vino a buscar comprobando bien el precio, y espera paciente en la cola hasta llegarle su turno, saluda a la cajera, le entrega el pack de cuatro yogures naturales
(la oferta del día), paga a la cajera con monedas, lo lleva justo,  hasta los céntimos, y sale después caminando con sus yogures en la mano, en el paso de cebra frena un coche al verle dispuesto a cruzar, pero en esto él mueve su brazo, como tratando de decirle que no, que pase él mejor, que no se detenga y circule; él no tiene  prisa y además le gusta ser cívico con los coches, ayudar en la medida de lo posible. Es un gesto tonto, apenas imperceptible ese de dejar pasar a un coche aunque él tenga preferencia, pero insisto en que no tiene prisa y prefiere no molestar y a la vez serle útil a alguien, que alguien le acabe levantando el brazo en señal de agradecimiento: gracias, buen hombre, por dejarme pasar (le dá a entender levantando el conductor el brazo) . Yo me atrevería a decir que se siente orgulloso de ello, que se siente bien consigo mismo, y al pasar el coche si no vienen más coches a los que hacerles lo mismo (pasen, pasen) continuará caminando, cruzando despacio el paso de cebra con apenas un pack de yogures naturales en la mano, satisfecho por algo que tal vez al resto le pase desapercibido.

Podría decirte que hay abrazos que duran toda la vida, cuando cierras los ojos. También podría contarte que hay personas que aparecen cuan...