martes, 18 de noviembre de 2014

Algunas veces, cuando los astros conjugan tú nombre y suena la canción precisa y se disipan las nubes tormentosas y no hace frío y el calor es placentero, noto un ascensor recorriéndome la espina dorsal de abajo arriba, un ascensor manejado por tí, (y yo también dentro), sonriente, ascendiendo los dos hacia mi nuca. Es raro sentirme dentro de mí en blanco y negro ascendiendo hasta mi cerebro con la ascensorista más guapa del edificio de mi cuerpo, y en cierto modo siento claustrofobia de mí mismo, pero todo está limpio y la lluvia de fuera a de importarte bien poco (no te mojaras estando dentro de mi).
Subimos al ático. Hay fiesta en el hemisferio izquierdo de mi cabeza, (celebramos que ahora todo esté más claro entre nosotros) tomamos un coctail y charlamos de lo nuestro. Luego tú sacas un espejo roto y todo se desgrana. Decido salir de mí y resulta que fuera todo parece intacto.
Y entre estos dos mundos me debato, el de dentro a veces placentero, y el de fuera que me invento a veces. Ahora sólo busco ese ascensor de dentro que me lleve al piso que tú quieras.

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