Estoy sentado frente al ordenador donde intento escribir, justo al lado en una mesita redonda me parapetan tres cadáveres de cervezas, una cuarta medio muerta y las cenizas de media docena de Winston bailando al aire en el cenicero. Mi mujer duerme en la habitación contigua, agotada después de un largo día de trabajo. Supongo que el matrimonio es algo así como esto: vigilar desde el extranjero mientras ella duerme. O sentirme extranjero con el resto de las mujeres mientras “la mía” duerme.
Aburrido como estoy, me da por comparar, comparo la diferencia que existe, por ejemplo entre Madrid y Cataluña en lo que respecta al regimen de los bienes gananciales.
Yo me casé en régimen de bienes gananciales sin pensarlo o discutirlo si quiera, yo elegí los bienes gananciales por una cuestión de principios, si un mal día me divorciara de ella, se lo daría todo, porque todo me importa una mierda.
Se lo daría todo y me iría a vivir a Praga, eso es: Sería un mendigo en Praga y escribiría al desamor y pediría limosna junto a los muros de la casa donde nació Kafka.
Yo me casé en régimen de bienes gananciales sin pensarlo o discutirlo si quiera, yo elegí los bienes gananciales por una cuestión de principios, si un mal día me divorciara de ella, se lo daría todo, porque todo me importa una mierda.
Se lo daría todo y me iría a vivir a Praga, eso es: Sería un mendigo en Praga y escribiría al desamor y pediría limosna junto a los muros de la casa donde nació Kafka.
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