Hace mucho, mucho tiempo, un joven gavilán de cuerpo fibroso volaba cierta tarde jugando con el viento, cuando vió una estrella muy brillante, y se enamoró. Excitadísimo, regresó inmediatamente junto a sus amigos, loco por contarles que había descubierto lo que era el amor.
-¡Que tontería! - fue la fría respuesta que escuchó. -Las estrellas no fueron hechas para que los gavilanes pudieran volar a su alrededor. Búscate un árbol, o un campanario, y enamórate de algo así. Para eso fuimos creados.
Decepcionado, el gavilán decidió simplemente ignorar el comentario de alguno de sus amigos, y se permitió volver a alegrarse con su descubrimiento. "Que maravilla poder soñar", pensaba. La noche siguiente la estrella continuaba en el mismo lugar, y él decidió que subiría hasta el cielo y volaría en torno a aquella luz radiante
para demostrarle su amor.
Fue muy difícil sobrepasar la altura a la cual estaba acostumbrado, pero consiguió subir algunos metros por encima de su nivel de vuelo normal. Pensó que si cada día progresaba un poquito, terminaría llegando hasta la estrella. Así que se armó de paciencia y comenzó a intentar vencer la distancia que la separaba de su amor.
Esperaba con ansiedad la llegada de la noche, y cuando veía los primeros rayos de la estrella, agitaba ansiosamente sus alas en dirección al firmamento.
Los comentarios de alguno de sus amigos eran cada vez más dañinos, deberías dejar de lado estos sueños inútiles y conseguir un amor posible de alcanzar.
El joven gavilán, irritado porque nadie respetaba lo que sentía, decidió alejarse de estos, pero en el fondo -como, por otra parte, siempre sucede -quedó marcado por sus palabras y consideró que tal vez tuvieran razón.
Así, durante algún tiempo, intento olvidar a la estrella y enamorarse de la luz de estrellas suntuosas, y del fuego de las velas que quemaban en las más bellas
catedrales del mundo.
Pero su corazón no conseguía olvidar a la estrella, y después de ver que la vida sin su verdadero amor no tenía sentido, resolvió reemprender su búsqueda.
Noche tras noche intentaba volar lo más alto posible, pero cuando la mañana llegaba, estaba con el cuerpo helado y el alma sumergida en la tristeza.
Entretanto, a medida que se iba haciendo mayor, pasó a prestar atención a todo cuanto veía a su alrededor. Desde allá arriba podía vislumbrar las ciudades llenas de luces, donde probablemente sus amigos ya habrían
encontrado un amor.
Veía las montañas heladas, los océanos con olas gigantescas, las nubes que cambiaban de forma a cada minuto. El gavilán comenzó a amar cada vez más a su estrella, porque era ella la que la impulsaba a volar.
Pasó mucho tiempo y un buen decidió preguntar por alguno de aquellos "AMIGOS". Fue entonces que supo por los vecinos que muchos de ellos, aún estando vivos, estaban muertos fueron quemados en las lámparas y en las llamas de las velas destruídos por amores que juzgaban fácil.
El gavilán, aún cuando jamás haya conseguido llegar hasta su estrella, vivió muchos años aún, descubriendo cada noche cosas diferentes e interesantes y comprendiendo, que, a veces, los amores imposibles traen más alegrías y beneficios que aquellos que están
al alcance de nuestras manos.
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