Ahora que han dejado que el invierno congele sus sentimientos y que las mariposas de su estómago mueran de frío, son capaces de coserse la sonrisa a sí mismos cada vez que se crucen con tal de no ceder uno antes que el otro. El maldito orgullo, el maldito daño. Ella ya no le sonreirá. Él ya no la mirará a los ojos, ella no volverá a pestañear con tanto encanto para nadie más. Recuerdo que hubo un tiempo que en sus corazones solo tenía cabida la primavera. Hoy ha vuelto a entrar el otoño y, aunque sigue viva la hoguera de las ganas, han apagado la del valor.
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