Nos conocimos como se conocen dos siameses: yo tiré de mi lado del cordón que sobresalía de mi corazón y ella tiró del suyo. Fue en el mes de Octubre de hace mil otoños, y pronto decidimos jugar, ella a la sirena varada en el mar de la calma (y yo a capitán de un corazón pirata). Nos dimos cariño y nos lo bebimos con los ojos y de tapa, besos y el asombro de habernos topado con el resto de nuestra vida.
Al instante comprendí que ella, todo ella, era yo y viceversa; la misma cara de mi misma moneda; los dos ases restantes de un poker ganador pero sin mangas, sin truco, sin rival, y después del primer día llegó la tierra firme del segundo, una paz indescriptible, nos aprendimos como dos espejos, como dos gotas de agua, y pasaron mil veranos y ahora todo continúa más septiembre que nunca, y ahora que ya no está conmigo, sufro jet lag y me siento como un turista solitario en la cola de un museo. Y mi piel, sin su tacto, solo es piel muerta.
Al instante comprendí que ella, todo ella, era yo y viceversa; la misma cara de mi misma moneda; los dos ases restantes de un poker ganador pero sin mangas, sin truco, sin rival, y después del primer día llegó la tierra firme del segundo, una paz indescriptible, nos aprendimos como dos espejos, como dos gotas de agua, y pasaron mil veranos y ahora todo continúa más septiembre que nunca, y ahora que ya no está conmigo, sufro jet lag y me siento como un turista solitario en la cola de un museo. Y mi piel, sin su tacto, solo es piel muerta.

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