lunes, 2 de septiembre de 2013

Ayer regresaron mis vecinos de sus vacaciones, él arrastrando una enorme maleta (en cuyo vientre llevaría la ropa apelotonada, las chanclas, los botes de after shave, de champú y un par de toallas aún con trazas de arena de playa como posos de recuerdos ya cadáver). Ella, por su parte, sólo llevaba un pequeño bolso (TOUS) falso y un paquete de ensaimadas atado con un cordel. Cincuenta y pocos años ambos, hicieron el camino de regreso, guardando una distancia aséptica parecida a un muro, o a ese cristal que separa al visitante del reo (no sabría deciros cuál sería el reo; tal vez los dos) y viajaron en silencio, cada uno en su asiento, mirando el paisaje o el movil o las uñas, pero nunca el uno al otro, y víctima de ese silencio quizá a alguno de ellos le diera por pensar en la pactada derrota de un amor envasado al vacío, sin fecha de caducidad pero insípido; como quien decide dejarse arrastrar por la marea del otro, o poner la mano en el fuego del otro sin miedo a quemarse porque ya estan los dos quemados. Y después de unas vacaciones monótonas y sin novedades, seguirán juntos, como siempre, como un pack de leche 2×1 del supermercado, pero esos silencios serán cada vez más largos, sólo interrumpidos por anécdotas del día a día, buscando en cualquier caso el bucle eterno, la rutina, un bostezo disimulado, la anestesia consentida. Pero lo más curioso del asunto es que, estoy seguro, de que si me atreviera a preguntarles si se quieren, si son felices, me dirían al unísono que sí, que por supuesto, que no conciben otra vida distinta a ésta. Y lo más jodido de todo esto, es que no mentirían.

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