Ayer regresaron mis vecinos de sus vacaciones, él arrastrando una enorme maleta (en cuyo vientre llevaría la ropa apelotonada, las chanclas, los botes de after shave, de champú y un par de toallas aún con trazas de arena de playa como posos de recuerdos ya cadáver). Ella, por su parte, sólo llevaba un pequeño bolso (TOUS) falso y un paquete de ensaimadas atado con un cordel. Cincuenta y pocos años ambos, hicieron el camino de regreso, guardando una distancia aséptica parecida a un muro, o a ese cristal que separa al visitante del reo (no sabría deciros cuál sería el reo; tal vez los dos) y viajaron en silencio, cada uno en su asiento, mirando el paisaje o el movil o las uñas, pero nunca el uno al otro, y víctima de ese silencio quizá a alguno de ellos le diera por pensar en la pactada derrota de un amor envasado al vacío, sin fecha de caducidad pero insípido; como quien decide dejarse arrastrar por la marea del otro, o poner la mano en el fuego del otro sin miedo a quemarse porque ya estan los dos quemados. Y después de unas vacaciones monótonas y sin novedades, seguirán juntos, como siempre, como un pack de leche 2×1 del supermercado, pero esos silencios serán cada vez más largos, sólo interrumpidos por anécdotas del día a día, buscando en cualquier caso el bucle eterno, la rutina, un bostezo disimulado, la anestesia consentida. Pero lo más curioso del asunto es que, estoy seguro, de que si me atreviera a preguntarles si se quieren, si son felices, me dirían al unísono que sí, que por supuesto, que no conciben otra vida distinta a ésta. Y lo más jodido de todo esto, es que no mentirían.


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