sábado, 15 de febrero de 2014



Anoche soñé que un coche de policía arrasaba las plantas de mi jardín. Desperté de repente (yo no tengo jardín) y ahí estabas, a los pies de mi cama, observándome mientras te abrochabas el pantalón. Ven, te dije. No puedo, llego tarde al trabajo. Que le den por culo al trabajo, te necesito. La puta poli acaba de destrozarme el jardín. ¿Qué jardín? El de dentro, supongo, tengo miedo, ven, abrí la cama y te hice un gesto, te acercaste para darme un beso y entonces te agarré por la cintura y tiré de ti. No puedo, Juan, ya llego tarde, sólo será un minuto, te necesito. Está bien: un minuto y me voy, ¿vale? Te tumbaste a mi lado. Yo aproveché tú camisa abierta para apretar mi cabeza contra tu escote, sentir calor, o el eco del mar en tus latidos mientras tú me acariciabas ¿Tuviste un mal sueño? Ya te digo, la policía destrozó mi jardín. No te vayas, por favor, tengo miedo. ¿Y a qué tienes miedo? A que te vayas. Pero tengo que irme. En esto metí mi mano por debajo de las copas de tu sostén y comencé a acariciarte los pechos. Juan no sigas… Tus pezones comenzaron a ponerse duros, lanzaste un par de gemidos sordos pero al instante conseguiste zafarte. 
Ya vale, Juan. Otro día. Me tengo que ir.
Ya en pie te abrochaste la camisa y cojiste tú chaqueta de la silla, era azul, del mismo azul que el pantalón, parecía un uniforme, al retirar la chaqueta pude ver en el respaldo un cinturón con balas, porra de goma y una pistola, y en la chaqueta, tú placa de la Policía Municipal, te agachaste para cojer la gorra del suelo y me diste un último beso, antes de marcharte me señalaste una nota sobre la mesilla: 
¡No te olvides de eso!, me dijiste.
Sonó un portazo y me acerqué a la nota. 
Era una multa de tráfico cumplimentada 
a mano con mis datos. 
Doscientos euros por saltarme 
el STOP de tú cuerpo.

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