domingo, 23 de marzo de 2014

Ahogado por el paro, este hombre decidió sacar adelante a su familia vendiendo rosas y llaveros con luces por los bares de copas del centro. Cada noche, antes de salir a trabajar, su esposa le daba un beso mitad amor, mitad suerte, y se asomaba orgullosa a la ventana para verle partir con las rosas y la ristra de llaveros calle abajo.
Él sabía que tenía que vender, al menos, siete rosas y cinco llaveros por noche para cubrir gastos. Para ello era importante sonreír a todo el mundo (en especial a los borrachos bromistas), ser amable con los porteros de discoteca que le dejaban pasar, no insistir ni incomodar a nadie y, sobre todo, esquivar a la policía.
Tenía por costumbre ofrecer las rosas a las parejas y los llaveros a los borrachos. La respuesta más común era ignorarle, o decirle que no con la cabeza, o tomar los llaveros para reírse (de los llaveros y de él también) y luego devolverlos, o incluso a veces intentar robárselos sin que él se diera cuenta. Pero algunos, los menos, le daban un par de euros por una rosa (para quedar bien con su chica) o por un llavero (sólo por continuar la broma). Las ventas de él y el portal que limpiaba su mujer apenas les daba para sobrevivir, y el futuro tampoco pintaba nada bien: cada vez había más competencia y los bares, con la crisis, estaban más vacíos que nunca.
Lo excepcional de esta historia es que las rosas que no conseguía vender cada noche, las dejaba en la cama para su mujer. Cuando llegaba a casa rodeaba de rosas su cuerpo dormido antes de acostarse a su lado. Ella, al despertar cada mañana, sabía lo bien o lo mal que le había ido a su marido en función del número de rosas que encontrara alrededor. Si al despertar no había ni una sola rosa en la cama, se alegraba por la buena noche de él.
Lo paradójico de esta historia, es que cuando amanecía con la cama llena de rosas se sentía la persona más feliz del mundo.

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