Al caer la noche los bares son cementerios de amor donde algunos hombres beben para hidratar sus penas, unos fingen ver el fútbol, otros fingen discutir de política y otros simplemente suspiran atentos a la leve mortandad de los hielos, al sonido de los hielos contra el vaso, al trayecto que describe el whisky malo en sus adentros, como fuego intestinal que asola el campo del recuerdo. Beben a sorbos pequeños, sin prisas por llegar a sus casas frías y por eso alargan las horas atornillados a la barra: Ponme otro Pepe; más de lo mismo para ser menos que antes y mañana dios dirá. Pero no están perdidos, guardan esperanza. Bajan al bar buscando algo, tal vez que compartan con él el mismo trozo de silencio.
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