sábado, 14 de junio de 2014

Cuando estás en lo más alto, cuando decides saltar el precipicio sin saber lo que te espera abajo, cuando te atreves a guardar los escudos y traspasar los límites que te habías marcado, te invade una sensación de plena libertad superior a cualquier freno que te impide parar lo que ya has empezado.
Pero también acecha el miedo, porque cuando has roto las barreras se desbordan todas las emociones acumuladas y cuando piensas en ella ya no sientes lo de ayer, sientes más que ayer. y el corazón te bombea a velocidades inalcanzables y te asustas pero te da igual, te da igual, sólo vale ese instante y te desvives en él, el resto te sobra, el resto sencillamente, no existe.
Y de repente.¡Plof! ella se aleja y sientes cómo te vas rompiendo por dentro, sabías que podía pasar, contabas con que ella podía asustarse y dar un paso atrás, pero siempre se te olvida aprenderte el manual de instrucciones para saber qué hacer ante este tipo de imprevistos. Entonces sin hacer ruido, recoges tus palabras y tus recuerdos y te marchas donde nadie pueda encontrarte. A ratos te sientes ridículo, otras triste y otras medianamente tranquilo porque diste cuanto pudiste y eso nunca puede pesar sino aliviar. Respiras y sueltas lo que hay dentro, sientes frío y entonces recuerdas que te quedaste completamente desnudo y apresuradamente, comienzas a vestirte de nuevo con tus barreras, con tus miedos, con tu intranquilidad, con tus frenos y con tus escudos. Respiras de nuevo pero ahora te cuesta y duele más.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Podría decirte que hay abrazos que duran toda la vida, cuando cierras los ojos. También podría contarte que hay personas que aparecen cuan...