lunes, 9 de junio de 2014

No pudieron evitar comportarse como dos gotas de agua acompasadas, o más bien como una sola gota en un espejo, arrastrada ella en el reflejo de él, y viceversa. Hablaron de sus respectivas vidas, pero más allá de esas palabras no pudieron evitar mirarse a los labios, se acariciaron con los ojos, e incluso a veces se pisaron las frases porque ya sabían lo que iba a decir el uno del otro, y el otro del uno. Se conocían de memoria.
Se reencontraron años después de casarse él con otra, y ella con otro y ya tuvieran sus vidas con sus planes antes felices y ahora no tanto: sus casas, sus hijos, sus vidas guionizadas y al juntarse, sin quererlo, llegara el flechazo rompe-esquemas, y cada cual llevara lo suyo en secreto, y nadie se atreviera a decir nada por miedo a despedazar sus mundos, y ambos supieran lo que sienten e intuyeran lo que siente el otro pero fueran conscientes de que no quieren  pueden. Y en el fondo se odien por esa extraña inquietud que se generan, esa falta de paz de quien se cree sucio por algo que aún no ha hecho y tal vez no haga nunca pero ahí está, como un bicho que se alimenta de culpa y expulsa, a su vez, larvas de dudas.

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