jueves, 24 de mayo de 2012

Cuentan que una bella princesa 
estaba buscando consorte. 
Aristócratas y adinerados señores 
habían llegado de todas partes 
para ofrecer sus maravillosos regalos. 
Joyas, tierras, ejércitos y tronos 
conformaban los obsequios 
para conquistar a tan especial creatura.
Entre los candidatos 
se encontraba un joven plebeyo, 
que no tenia más riqueza 
que amor y perseverancia. 
Cuando le llegó el momento de hablar, dijo:
"Princesa, te he amado toda mi vida. 
Como soy un hombre pobre 
y no tengo tesoros para darte, 
te ofrezco mi sacrificio 
como prueba de amor. 
Estaré cien días sentado bajo tu ventana, 
sin más alimentos que la lluvia 
y sin más ropas que las que llevo puestas. 
Esa es mi dote..."La princesa, 
conmovida por semejante gesto de amor,  
decidió aceptar: Tendrás tú oportunidad: 
Si pasas la prueba, me desposaras".
Así pasaron las horas y los días. 
El pretendiente estuvo sentado, 
soportando los vientos, 
la nieve y las noches heladas. 
Sin pestañear, con la vista fija 
en el balcón de su amada, 
el valiente vasallo 
siguió firme en su empeño, 
sin desfallecer un momento.  
De vez en cuando 
la cortina de la ventana dejaba traslucir 
la esbelta figura de la princesa, 
la cual, con un noble gesto 
y una sonrisa, aprobaba la faena. 
Todo iba a las mil maravillas.
Incluso algunos optimistas 
habían comenzado a planear los festejos.
Al llegar el día noventa y nueve, 
los pobladores de zona habían 
salido a animar al próximo monarca. 
Todo era alegría y jolgorio, 
hasta que de pronto, 
cuando faltaba una hora para cumplirse el plazo, 
ante la mirada atónita de los asistentes 
y la perplejidad de la joven princesa, 
se levantó y sin dar explicación alguna, 
se alejó lentamente del lugar.
Unas semanas después, 
mientras deambulaba por un solitario camino, 
un niño lo alcanzó y le preguntó 
¿Qué fue lo que te ocurrió? ... 
Estabas a un paso de lograr la meta... 
¿Por qué perdiste esa oportunidad?... 
¿Por qué te retiraste?...
Con profunda consternación 
y algunas lagrimas mal disimuladas, 
contestó en voz baja: 
"Si ella no me ahorró un día de sufrimiento... 
Ni siquiera una hora, 
es porque no merecía mi amor".
El merecimiento 
no siempre es egolatría sino dignidad. 
Cuando damos lo mejor  
de nosotros mismos a otra persona, 
cuando decidimos compartir la vida, 
cuando abrimos nuestro corazón de par en par 
y desnudamos el alma hasta él ultimo rincón, 
cuando perdemos la vergüenza, 
cuando los secretos dejan de serlo, 
al menos merecemos comprensión.
Que se menosprecie, ignore, olvide 
o desconozca fríamente el amor 
que regalamos es desconsideración 
o, en el mejor de los casos,  
desinterés o ligereza. 
Cuando amamos a alguien 
que además de no correspondernos  
desprecia nuestro amor y nos hiere, 
estamos en el lugar equivocado. 
Esa persona no se hace merecedora  
del afecto que le prodigamos.
La cosa está clara: 
Si no me siento querido en algún lugar, 
recogo y me voy.
Nadie se quedaría 
tratando de agradar y disculpándose 
por no ser como le gustaría que fueras.
No hay vuelta de hoja: 
en cualquier relación de pareja que tengas, 
no te merece quien no te ame, 
no te merece quien te lastime
mo te merece quien te ignore..

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