Me
inquietan las mujeres que vienen del frío, del Norte de Europa o del
Este, con su rostro de cristal de Bohemia y mirada antibalas, ojos
gélidos, inexpresivos, de color azul hielo, rubias casi siempre, serias
casi siempre, me resultan bellísimas, de perfección casi objetiva, pero a
su vez me parecen distantes, ajenas, como si todas ellas escondieran un
muro grueso y electrificado que no te deja saltar
al otro lado de sus costillas. Nada que ver con las nativas del otro
lado del charco, las de genes cálidos: colombianas, peruanas,
venezolanas, cubanas, de belleza distinta a la nórdica pero bellas
también y sin embargo, al contrario de las del frío, expresivas al
máximo, con esos ojos que siempre parecen buscar alimento, gestos
ardientes y unos sentimientos que se escuchan desde fuera por la
potencia de sus latidos.
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