martes, 6 de agosto de 2013

 
Me inquietan las mujeres que vienen del frío, del Norte de Europa o del Este, con su rostro de cristal de Bohemia y mirada antibalas, ojos gélidos, inexpresivos, de color azul hielo, rubias casi siempre, serias casi siempre, me resultan bellísimas, de perfección casi objetiva, pero a su vez me parecen distantes, ajenas, como si todas ellas escondieran un muro grueso y electrificado que no te deja saltar al otro lado de sus costillas. Nada que ver con las nativas del otro lado del charco, las de genes cálidos: colombianas, peruanas, venezolanas, cubanas, de belleza distinta a la nórdica pero bellas también y sin embargo, al contrario de las del frío, expresivas al máximo, con esos ojos que siempre parecen buscar alimento, gestos ardientes y unos sentimientos que se escuchan desde fuera por la potencia de sus latidos.
Y así ando, entre el frío y la calor, entre atracciones y miedos distintos que no son más que una misma atracción matizada de la curiosidad por lo desconocido, aunque la mayoría de las veces lo desconocido esté dentro de mí, supongo.

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