viernes, 23 de agosto de 2013


Si ahora me preguntaras, ¿Que tal estas? Te diría que ni bien ni mal y en ambos casos te mentiría. Sentado en este banco miro a la cara a la gente que pasa como si en sus ojos buscara canicas inertes o esponjas sudadas.
Trato de describir lo que me pasa: Enredaderas en el abdomen, o polvo en los pulmones, puede que todos mis órganos internos se hayan derretido de repente mezclándose los unos con los otros (como si de un cocktail visceral se tratara).
La anarquía no funciona si se impone desde dentro. Y me falta el aliento porque:

a) Mis pulmones se aburren.
b) La atmósfera me cortó el suministro de aire por suspensión de pagos.
c) Suma de ambas.
Sé que tengo la culpa de todo lo que me pasa pero puedo adornarlo y decir que “el mundo me ha hecho así”, o que “la sociedad está enferma, y me empuja” Víctima o verdugo, yo eligo.
Mientras, no me queda otra que empuñar un boli bic y aquí mismo someterme a una traqueotomía bajo el botón de la nuez para que el aire, la sangre y la tinta negra del boli se mezclen en mi nuevo agujero y mi nueva tráquea virgen confiese lo que nunca se atrevió a decir mi misma boca.
Y grito sin cuerdas vocales, susurrando en voz alta: ¡Me quiero más que a mi vida!

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