No sé tú, pero a mí de niño me encantaba jugar a construir refugios, juntaba varias sillas que pillaba por casa, las cubría con mantas y me metía debajo, no necesitaba más, simplemente permanecía ahí, solo, inmóvil, abrazado a mis rodillas, pensando en mis cosas.
Resguardado. Feliz.
Muchos años después sigo, en cierto modo, jugando a lo mismo, o al menos buscando esa misma felicidad infantil basada en darle la espalda al mundo por un rato. Ya no cubro sillas con mantas, pero a veces, cuando estoy en la cama, no puedo evitar sumergirme edredón adentro y quedarme inmóvil, en silencio, imaginando que compartes ese espacio conmigo, dormida o fingiendo que duermes.
Resguardado. Feliz.
Muchos años después sigo, en cierto modo, jugando a lo mismo, o al menos buscando esa misma felicidad infantil basada en darle la espalda al mundo por un rato. Ya no cubro sillas con mantas, pero a veces, cuando estoy en la cama, no puedo evitar sumergirme edredón adentro y quedarme inmóvil, en silencio, imaginando que compartes ese espacio conmigo, dormida o fingiendo que duermes.
No conozco mayor demostración de amor.

No hay comentarios:
Publicar un comentario