Te voy a contar lo
que me sucedió ayer, nada extraordinario, veras: Me compré un reloj de
esos baratos en los chinos (El que tenía dejó de funcionar hace cosa de
un més) al llegar a casa le ajusté la hora y luego me puse
a escribir esto. Me costó arrancar, no hacía más que darle vueltas a la
primera frase (siempre la más difícil, sin duda) miré el reloj de los
chinos: eran las diecisiete horas y trece minutos, volví a sentarme
frente al ordenador y seguí dándole
vueltas a la frase hasta que de repente, ¡Plaff! se me encendió la
bombilla y comencé a
escribir, lo hice del tirón sin saber durante cuánto
tiempo: Cuando quise comprobar la hora mirando de nuevo el reloj vi que
se había clavado en las diecisiete y trece, el segundero seguía
sonando, tac,
tac, tac, pero la aguja no avanzaba, su mecanismo apenas había durado
un par de horas, así que pensé en bajar al chino y devolverlo, pero al
instante caí en la cuenta de que tal vez se tratara de una señal y el
tiempo hubiera querido detenerse a mi favor justo en ese instante para
acabar de escribir esto. De hecho, mientras lo escribía, no fui
consciente del tiempo transcurrido. Quise trasladar aquello a otros
ámbitos, así que me fui al sofá y me tumbé pensando en cuáles serían
esos otros momentos en los que también me gustaría detener el tiempo, y
en esto, me quedé dormido y soñé en blanco, pero descansé como nunca.
Al despertar seguían siendo las diecisiete y trece. ¿Sabes? después de
esto fue cuando se me ocurrió enviarte este correo y quedar contigo a
las diecisiete y trece, eso si, del día que tú quieras, si aceptas, acudiré a la cita con
el reloj de los chinos en mi muñeca. No entenderas por qué hasta que nos besemos.
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