sábado, 4 de enero de 2014

Te voy a contar lo que me sucedió ayer, nada extraordinario, veras: Me compré un reloj de esos baratos en los chinos (El que tenía dejó de funcionar hace cosa de un més) al llegar a casa le ajusté la hora y luego me puse a escribir esto. Me costó arrancar, no hacía más que darle vueltas a la primera frase (siempre la más difícil, sin duda) miré el reloj de los chinos: eran las diecisiete horas y trece minutos, volví a sentarme frente al ordenador y seguí dándole vueltas a la frase hasta que de repente, ¡Plaff! se me encendió la bombilla y comencé a escribir, lo hice del tirón sin saber durante cuánto tiempo: Cuando quise comprobar la hora mirando de nuevo el reloj vi que se había clavado en las diecisiete y trece, el segundero seguía sonando, tac, tac, tac, pero la aguja no avanzaba, su mecanismo apenas había durado un par de horas, así que pensé en bajar al chino y devolverlo, pero al instante caí en la cuenta de que tal vez se tratara de una señal y el tiempo hubiera querido detenerse a mi favor justo en ese instante para acabar de escribir esto. De hecho, mientras lo escribía, no fui consciente del tiempo transcurrido. Quise trasladar aquello a otros ámbitos, así que me fui al sofá y me tumbé pensando en cuáles serían esos otros momentos en los que también me gustaría detener el tiempo, y en esto, me quedé dormido y soñé en blanco, pero descansé como nunca. Al despertar seguían siendo las diecisiete y trece. ¿Sabes? después de esto fue cuando se me ocurrió enviarte este correo y quedar contigo a las diecisiete y trece, eso si, del día que tú quieras, si aceptas, acudiré a la cita con el reloj de los chinos en mi muñeca. No entenderas por qué hasta que nos besemos.

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