viernes, 5 de julio de 2013

Nadie está a salvo, nadie.



Nadie está a salvo, una simple chispa podría hacer que todo lo que hasta ahora considerabas inexpugnable, saltara por los aires, nadie sabe dónde se encuentra su propia línea roja, la misma que separa al cuerdo del loco. Ni tan siquiera Cervantes llegó a conocer en qué página exacta Alonso Quijano pasó a llamarse don Quijote de la Mancha y “se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio”. 
No existe dosis concreta de ficción, ni manual que te ayude a desatascar colapsos en ese embudo que es la realidad, ni amor que te amarre con grilletes al suelo, ni psicofármaco exacto para prevenir lo tuyo. Pero no temas, también tiene su punto embestir corazones creyendo que son dragones para salvar a una princesa disfrazada. ¿Porque, qué es real? Si mi azul es tú amarillo, 
¿Quién es el daltónico? 
¿Acaso tú y yo besamos de la misma forma? 
¿Quién me asegura a mi, que tú no estás como una puta cabra cuando disientes de mis palabras? 
¿Dónde está tú carnet de realidad por puntos? 
¿Dónde me dejé yo olvidado el mío?
Nota: Cuando Don Quijote volvió a recuperar la cordura y se convirtió de nuevo en Alonso Quijano, murió. 
Murieron los dos, quiero decir.

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