martes, 9 de julio de 2013

Nunca entendí los tatuajes, tampoco las vasectomías. siempre fui demasiado, digamos que cambiante, y cualquier gesto irreversible o de difícil marcha atrás me ahogaba en un mar de dudas: ¿Y si me hago un tatuaje y al día siguiente o al mes siguiente o al lustro siguiente ya no la quiero? ¿Y si el Peter Pan que habita en mí se vuelve alérgico al polvo mágico de Campanilla, y en lugar de volar estornudo? ¿Y si acabo por darme cuenta que sentar la cabeza reduce el riesgo de lesión cervical?
Quizá por eso, en gran medida escribir tonterías como esta es perfecto para alguien como yo, que siempre he dudado de todo y sobre todo de mí mismo, escribir me permite jugar a ser un yo distinto, creer que los recuerdos, más que tatuajes en mi memoria, son calcomanías que impactan en mi interior y se disuelven según merezcan ser escritos, a fuego en la memoria o a hielo en el olvido. Pero entonces llegaste tú, y ahora quiero ser yo mismo cada día, quiero quererte a años luz de esa suma de dudas que antes era, tatuarme tú aliento en el anverso de mis párpados y sentar la cabeza entre tus piernas para así de cerca poder cuidarte el alma...

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