martes, 13 de noviembre de 2012

Hubo un tiempo en el que no necesitábamos que un programa informático nos recordara felicitar a un amigo por su cumpleaños, como octogenarios que necesitan ser avisados para tomar la pastilla.
Hubo un tiempo en el que podías salir por la noche y hacer el canelo tranquilamente, sin temor a que nadie armado con una cámara digital te inmortalizara, con la mandíbula desencajada y los ojos inyectados e
n sangre, bailando La Mayonesa a las 5 de la mañana, para colgarla al día siguiente en Facebook...
Hubo un tiempo en el que para olvidar a una chica, sólo tenías que guardar las 4 fotos en un cajón y matarte a copas, sin preocuparte de tener que borrarla de Facebook, Twitter, Tuenti, Linkedin
y de otras 567 redes sociales.
Hubo un tiempo en el que no precisábamos de una aplicación en el teléfono hasta para hacernos
una tortilla de patatas.
Si, lo sé, sé que todas estas cosas han supuesto un avance maravilloso y que nuestra vida es mucho más cómoda con ellas, lo sé, adáptate o muere y todas esas historias,
pero confieso que yo, de vez en cuando y de cuando en vez, echo de menos esos latidos retumbando en el pecho al compás del tono del teléfono fijo de aquella chica, mientras pensabas por favor, por favor, por favor, que no lo coja su madre, por favor, y quedabas con ella directamente para ir al cine, sin los interminables whatsapps, ni Facebook, ni cuatrocientos mails, y luego, al llegar a casa, me lavabas los piños un tanto eufórico y me iba a planchar la oreja pensando si se habría puesto la cinta de cassette que le regalé
y si le gustaría tanto como a mi ...
“Qué le voy hacer”..Me gustaban aquellos tiempos.

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