Ahora sé que fue tú olor, el olor por encima de todo lo demás, la pista me la dió una mujer, al pasar junto a ella observé que no podía meter unas maletas en su coche, así que me detuve a su altura y me ofrecí a ayudarla, al tenderme las maletas y ayudarme a encajarlas en el maletero se produjo un contacto casual, mi nariz a escasos centímetros de su cuello, y en esto me llegó su olor, me quedé seco, atónito, no era el perfume, o también, el mismo perfume no huele igual en dos personas, hubo algo más, la mezcla del perfume con su misma piel, ese cóctel de fragancia y endorfinas, un olor dulce, delicioso, un olor que ni el mismísimo Patrick Suskind habría sido capaz de describir. Lo retuve en mi memoria, era casi tú mismo olor, el olor de tú piel, pero aquella mujer no eras tú, su físico distaba mucho del tuyo, pero por un instante sentí una fuerte atracción, el ansia punzante del flechazo: palpitaciones, ese hambre que jamás se sacia, la misma o parecida sensación que me llevó al amor, al único amor de mi vida, impostado esta vez, como de marca blanca.
Al despedirme de ella busqué un último chute, respirar hondo aprovechando, otra vez, su cercanía, luego en casa me dispuse a investigar en internet, endorfinas y el amor, y era eso, exactamente eso.

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