Sin duda no existirá nunca frase más corrosiva que esa, que después de pensar tanto, tanto y tanto si dar el paso o bien dejar que la carcoma del recuerdo te devore el cráneo, con la mano en modo párkinson sujetando el teléfono marques un número y escuches una voz diciéndote, "El número marcado no existe" Me ocurrió tomando un café, como podría haberme ocurrido en la cola del INEM o en un funeral; estas cosas suceden así, de forma inesperada, asocias un par de ideas, te invaden de repente las ganas y de súbito, ¡¡¡Plaff!!! el deseo es mucho más potente que las formas. El caso es que necesitaba saber de tí ahora, urgentemente urgente, aunque sólo fuera escuchar tú voz, analizar tú timbre, preguntarte ¿qué tal?, me acordé de ti y pensé,,,, voy a llamarla, y no me importó que la excusa sonara estúpida, (Cuando el Titanic se hunde te olvidas de la mancha de vino en la solapa) Lo peor de todo son las dudas que se quedan en el aire, ¿cambió de número?, ¿por qué lo hizo?, ¿le habrá pasado algo? ¿cómo saberlo? Y es entonces cuando el hilillo de esperanza, que casi siempre queda colgando se nos rompe, y esperanzas e ilusiones se pierden ya que la última salida del laberinto en el que estamos inmersos también se nos desvanece porque esa frase conlleva un corte de posibilidad de retomar el contacto, de poder dialogar, no ya el de seguir unidos, pero sí, el continuar en amistad, el seguir, como dos amigos. Es una sensación muy antigua, que antes de que existiera el teléfono mobil ya experimenté cuando una carta devuelta en el reverso decía: ”Destinatario desconocido”
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