martes, 11 de junio de 2013

Sin duda no existirá nunca
frase más corrosiva que esa,
que después de pensar
tanto, tanto y tanto si dar el paso
o bien dejar que la carcoma
del recuerdo te devore el cráneo,
con la mano en modo párkinson
sujetando el teléfono
marques un número
y escuches una voz diciéndote,
"El número marcado no existe"
Me ocurrió tomando un café,
como podría haberme ocurrido
en la cola del INEM o en un funeral;
estas cosas suceden así,
de forma inesperada,
asocias un par de ideas,
te invaden de repente las ganas
y de súbito, ¡¡¡Plaff!!! el deseo
es mucho más potente que las formas.
El caso es que necesitaba
saber de tí ahora,
urgentemente urgente,
aunque sólo fuera escuchar tú voz,
analizar tú timbre,
preguntarte ¿qué tal?,
me acordé de ti y pensé,,,,
voy a llamarla, y no me importó
que la excusa sonara estúpida,
(Cuando el Titanic se hunde
te olvidas de la mancha
de vino en la solapa)
Lo peor de todo son las dudas
que se quedan en el aire,
¿cambió de número?,
¿por qué lo hizo?,
¿le habrá pasado algo?
¿cómo saberlo?
Y es entonces
cuando el hilillo de esperanza,
que casi siempre queda colgando
se nos rompe, y esperanzas
e ilusiones se pierden
ya que la última salida
del laberinto
en el que estamos inmersos
también se nos desvanece
porque esa frase conlleva
un corte de posibilidad
de retomar el contacto,
de poder dialogar,
no ya el de seguir unidos,
pero sí, el continuar en amistad,
el seguir, como dos amigos.
Es una sensación muy antigua,
que antes de que existiera
el teléfono mobil ya experimenté
cuando una carta devuelta
en el reverso decía:
”Destinatario desconocido”

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