Fue
el 24 de febrero de 1983 a las once y media de la noche y más solo que
la una en aquella inmensa sala de espera del Hospital Vall de Hebrón
cuando lo vi claro, "los niños no venían de París" Como tampoco era
cierto lo de la semillita que germina, ni mucho menos el cuento ese del
espermatozoide cabezón luchando por ser el primero en llegar al óvulo,
todas esas teorías no eran más que patrañas alentadas
por científicos que trataban de justificar su sueldo de cualquier
manera, científicos hipócritas que, aunque no se atrevieran a
confesarlo, sabían perfectamente que el milagro de la vida era cosa de
magia, (no me cabía otra explicación) ¿Cómo podría entender de otro modo
que una nueva vida saliera del vientre de su madre? El siguiente
milagro inexplicable se produzco cuando mi hijo abrió sus ojos por
primera vez, como en aquel pasaje de Cien años de soledad: “El mundo era
tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas
había que señalarlas con el dedo”. Ningún científico ha sido capaz
todavía, de explicarme con sus fórmulas esa sensación porque, al igual
que la anterior, tambien fue cosa de magia, una magia que se hallaba
oculta tras cada uno de los 3,750 kg de mi pequeño Javier,,,así que,
acercándome muuuuuy despacito, le susurré al oído, aunque este mundo
(que ahora estrenas) sea una mierda, te aseguro que la vida está cargada
de experiencias mágicas y maravillosas, tú eres la prueba de ello...
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