jueves, 13 de junio de 2013

 
Fue el 24 de febrero de 1983 a las once y media de la noche y más solo que la una en aquella inmensa sala de espera del Hospital Vall de Hebrón cuando lo vi claro,
"los niños no venían de París" Como tampoco era cierto lo de la semillita que germina, ni mucho menos el cuento ese del espermatozoide cabezón luchando por ser el primero en llegar al óvulo, todas esas teorías no eran más que patrañas alentadas por científicos que trataban de justificar su sueldo de cualquier manera, científicos hipócritas que, aunque no se atrevieran a confesarlo, sabían perfectamente que el milagro de la vida era cosa de magia, (no me cabía otra explicación) ¿Cómo podría entender de otro modo que una nueva vida saliera del vientre de su madre?
El siguiente milagro inexplicable se produzco cuando mi hijo abrió sus ojos por primera vez, como en aquel pasaje de Cien años de soledad: “El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. Ningún científico ha sido capaz todavía, de explicarme con sus fórmulas esa sensación porque, al igual que la anterior, tambien fue cosa de magia, una magia que se hallaba oculta tras cada uno de los 3,750 kg de mi pequeño Javier,,,así que, acercándome muuuuuy despacito, le susurré al oído, aunque este mundo (que ahora estrenas) sea una mierda, te aseguro que la vida está cargada de experiencias mágicas y maravillosas, tú eres la prueba de ello...

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