He
necesitado años y años de estudio para conocer el exacto mecanismo de
tú piel, noches y noches en vela de ensayos a pie de campo mientras
dormías; también devoré mil libros, subrayé mil fórmulas, memoricé y
celebré cada descubrimiento con la obsesión de un científico loco (como
aquella ocasión que grité ¡Eureka! en plena visita a la Catedral de
Gerona, fue la primera vez que vi a un japonés con
los ojos como platos). Gracias a los libros descubrí, por ejemplo, la
composición celular de tú vientre, o por qué tus protones son los más
suaves a este lado del Universo, o el poder gravitatorio de mis dedos
orbitando en tú espalda, o esa misteriosa atracción de ciertas partes de
mi cuerpo por los agujeros negros. Sólo después de descubrirte
entera comencé a disfrutar de tú piel con el asombro de un androide,
acariciarte era surcar la Vía Lactea, y tú ombligo el campo base, y
detrás de cada beso, otra nueva galaxia más allá de Orión. Pero ahora,
ya ves, los científicos del CERN acaban de descubrir una nueva partícula
sub-atómica, más pequeña aún que los neutrones de tú piel, lo llaman
BOSÓN de HIGGS, y además de su ínfimo tamaño, también determina el
origen de la masa que hay en todo, tus nalgas incluidas, en fin, que
eres más cosas aparte de electrones, neutrones y protones, desde ayer tú
piel es mucho más compleja y divisible para mi.
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