jueves, 20 de junio de 2013



Carmela y Manuel se conocieron en un bar, fruto de las casualidades de la vida, lo suyo fue un flechazo inmediato, algo inexplicable, se miraron desde ambos lados de la barra y al momento se quedaron prendados, obnubilados, como víctimas de un hechizo. 
Fue Manuel quien se acercó primero a Carmela, 
pero fue Carmela quien besó primero a Manuel. 
Tras un par de meses de ensueño, Carmela decidió presentarle a sus padres, acudieron los dos a la casa y nada más abrir la puerta y toparse con Manuel, la madre de Carmela enmudeció, se quedó pálida, con sus ojos clavados en los ojos de Manuel, después sufrió un desvanecimiento y cayó al suelo. ¿Os suena la historia de aquellos niños robados en el franquismo? Carmela nunca llegó a saber que, con ella, nació también otro gemelo, pero que nada más nacer los dos, su gemelo desapareció en extrañas circunstancias. Los médicos lo dieron por muerto justo después abandonar el paritorio, sin embargo, sus padres no llegaron nunca a ver ni a velar el cadáver del recién nacido, sus sospechas fueron cogiendo fuerza muchos años después, cuando los medios comenzaron a destapar casos similares al suyo. Pero lo más increíble de esta historia es el innato instinto maternal de saber quién es tu hijo sólo con verle por primera vez aun 37 años después, o el instinto invisible de Carmela, de sentirse atraída hacia Manuel porque se gestó a su lado, fueron embriones juntos, compartieron un mismo líquido amniótico, los mismos genes y jugaron con el mismo cordón umbilical, tal vez Carmela viera en Manuel el espejo de un amor mal interpretado, imagina la reacción de Carmela cuando supo que Manuel, en realidad, era su hermano, imagina su cara, y ahora piensa en lo imprevisible que puede llegar a ser el azar.

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