Carmela y Manuel se conocieron en un bar, fruto de las casualidades de la vida, lo suyo fue un flechazo inmediato, algo inexplicable, se miraron desde ambos lados de la barra y al momento se quedaron prendados, obnubilados, como víctimas de un hechizo.
Fue Manuel quien se
acercó primero a Carmela,
pero fue Carmela quien besó primero a Manuel.
Tras un par de meses de ensueño, Carmela decidió presentarle a sus
padres, acudieron los dos a la casa y nada más abrir la puerta
y toparse con Manuel, la madre de Carmela enmudeció, se quedó
pálida, con sus ojos clavados en los ojos de Manuel, después sufrió un
desvanecimiento y cayó al suelo. ¿Os suena la historia de aquellos niños robados en el franquismo? Carmela nunca
llegó a saber que, con ella, nació también otro gemelo, pero que nada más
nacer los dos, su gemelo desapareció en extrañas circunstancias. Los
médicos lo dieron por muerto justo después abandonar el paritorio, sin
embargo, sus padres no llegaron nunca a ver ni a velar el cadáver del
recién nacido, sus sospechas fueron cogiendo fuerza muchos años después,
cuando los medios comenzaron a destapar casos similares al suyo. Pero lo más increíble de esta historia es el innato instinto maternal
de saber quién es tu hijo sólo con verle por primera vez aun 37 años
después, o el instinto invisible de Carmela, de sentirse atraída hacia
Manuel porque se gestó a su lado, fueron embriones juntos,
compartieron un mismo líquido amniótico, los mismos genes y jugaron con
el mismo cordón umbilical, tal vez Carmela viera en Manuel el espejo de
un amor mal interpretado, imagina la reacción de Carmela cuando supo que Manuel, en realidad,
era su hermano, imagina su cara, y ahora piensa en
lo imprevisible que puede llegar a ser el azar.

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