23-30 de la noche. Prejubilado, con traje de chaqueta y corbata...
¿Podría usted ponerme un café, por favor?
Su tono de voz me dijo que había cenado con vino y brindado con chupito.
¿Sabe? Acabamos de celebrar
la “pedida” de mi hija Sara.
¡Estupendo! –le dije por decir algo, en realidad no sabía que se siguieran llevando ese tipo de tradiciones previas al matrimonio tradicional.
No. No se crea.
¿No está contento por ella? – pregunté.
No, bueno, sí, por ella, sí, pero es que hace dos años que falleció mi esposa, y el año pasado se casó mi hijo el mayor, y ahora ésta, ya lo ve, en dos años me he quedado completamente solo, a mis cinquenta y nueve años,
recién prejubilado, y solo.
Entonces su tono se envolvió en una mezcla de ternura, rabia y derrota, aquel hombre, tan maduro ya, tenía miedo de llegar a casa y enfrentarse, puede que por primera vez en su vida, a una soledad
¿Podría usted ponerme un café, por favor?
Su tono de voz me dijo que había cenado con vino y brindado con chupito.
¿Sabe? Acabamos de celebrar
la “pedida” de mi hija Sara.
¡Estupendo! –le dije por decir algo, en realidad no sabía que se siguieran llevando ese tipo de tradiciones previas al matrimonio tradicional.
No. No se crea.
¿No está contento por ella? – pregunté.
No, bueno, sí, por ella, sí, pero es que hace dos años que falleció mi esposa, y el año pasado se casó mi hijo el mayor, y ahora ésta, ya lo ve, en dos años me he quedado completamente solo, a mis cinquenta y nueve años,
recién prejubilado, y solo.
Entonces su tono se envolvió en una mezcla de ternura, rabia y derrota, aquel hombre, tan maduro ya, tenía miedo de llegar a casa y enfrentarse, puede que por primera vez en su vida, a una soledad
que él no había elegido.
Y cuando se marchara del bar y llegara a casa iría directo a la nevera para tomar su yogur de todas las noches y se lo comería en silencio, mirando a los azulejos, o a las juntas de los azulejos, o a las raras formas de los dibujos de los azulejos, tratando con ello de no pensar en nada o de llenar sus pensamientos de paja altamente inflamable. Después del yogur daría tres o cuatro vueltas por el pasillo, entrando sin querer en cada habitación de cada hijo que ya no está, sentándose en sus camas que ya no sirven, y luego se acostaría en la suya, en su lado de su cama, con el otro lado siempre intacto, ya sin silueta (en dos años los colchones ceden y vuelven a cojer su formar, pero no los recuerdos) y se pondría a leer, con sus gafas de cerca al límite de la nariz, uno de esos libros que invitan al sueño, pasando una y otra vez por la misma línea sin apenas entender nada, en un insoportable bucle, mientras que por encima de las gafas se le escaparía sin querer la vista a ese hueco vacío, o al retrato de la que fue su mujer durante media vida enmarcado en plata sobre la mesilla izquierda de noche, esa que también sostiene un despertador que ya no usa y los tapones de los oídos que no sirven para las voces de dentro, y al final se dormiría con la luz encendida y las gafas colgando, y soñaría en blanco y negro sin subtítulos ni nada, cruzando los dedos del alma para despertarse, a ser posible, no a la mañana siguiente, sino a la siguiente vida.....
Y cuando se marchara del bar y llegara a casa iría directo a la nevera para tomar su yogur de todas las noches y se lo comería en silencio, mirando a los azulejos, o a las juntas de los azulejos, o a las raras formas de los dibujos de los azulejos, tratando con ello de no pensar en nada o de llenar sus pensamientos de paja altamente inflamable. Después del yogur daría tres o cuatro vueltas por el pasillo, entrando sin querer en cada habitación de cada hijo que ya no está, sentándose en sus camas que ya no sirven, y luego se acostaría en la suya, en su lado de su cama, con el otro lado siempre intacto, ya sin silueta (en dos años los colchones ceden y vuelven a cojer su formar, pero no los recuerdos) y se pondría a leer, con sus gafas de cerca al límite de la nariz, uno de esos libros que invitan al sueño, pasando una y otra vez por la misma línea sin apenas entender nada, en un insoportable bucle, mientras que por encima de las gafas se le escaparía sin querer la vista a ese hueco vacío, o al retrato de la que fue su mujer durante media vida enmarcado en plata sobre la mesilla izquierda de noche, esa que también sostiene un despertador que ya no usa y los tapones de los oídos que no sirven para las voces de dentro, y al final se dormiría con la luz encendida y las gafas colgando, y soñaría en blanco y negro sin subtítulos ni nada, cruzando los dedos del alma para despertarse, a ser posible, no a la mañana siguiente, sino a la siguiente vida.....


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