Imagina que estás en un país extranjero, a miles de kilómetros de casa y que justo antes de tomar un taxi en dirección al aeropuerto, mientras haces tiempo en la cafetería del hotel te enamoras perdidamente de la camarera. Imagina que ese flechazo no admite traducción alguna, que no hablas su idioma ni ella el tuyo y sin embargo sabes y ella sabe también (Lo has notado en sus ojos color flecha) que no fué casual el roce de su mano contra la tuya al devolverte el cambio del billete con el que pagaste el café, que hay algo fuerte, algo así como una palpitación física de esas que duelen por encima de cualquier otro dolor conocido. Imagina que en el último momento, cuando ya tomaste el taxi y estás a punto de embarcar, te planteas dar media vuelta y renunciar a tu vida de siempre, a tu ciudad de siempre, a tus amigos, a tu familia, a tu trabajo y a tu hipoteca por alguien de quien no sabes nada más allá de ese primer impacto brutal cósmico, por alguien con quien sólo podrías comunicarte mediante caricias, miradas hambrientas, abrazos y besos sin pausa...

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