Que vivimos rodeados de pantallas táctiles, eso es algo que yo ya creía tener asumido.
Pero el otro día me ocurrió algo curioso, se me metió algo en un ojo, me miré al espejo y en lugar de abrirme el ojo con los dedos para buscar mejor la mota, toqué el espejo con la intención de seleccionar y agrandar la imagen, o algo así, y lo raro fué que nada más tocar el espejo se abrió una pestaña nueva (en... mi párpado) ¿Te lo imaginas? Hice doble click en el espejo y aparecieron, de súbito, otras dos pestañas más sobre mi ojo derecho. Asombrado, pasé el dedo por el reflejo de mi ojo en el espejo, de derecha a izquierda (como quien pasa de una foto a otra en un iPad) y, de súbito, mi ojo se giró 180º, mirando ahora hacia dentro, hacia mi cráneo, sólo ese ojo. Y así acabé: con el ojo izquierdo mirando hacia la calle y el derecho observando mi propio cerebro (con sus chispitas neuronales rodeando la corteza).
Acerqué de nuevo la cara ante mi espejo para darle con el dedo y retomar así la posición normal de mi ojo invertido pero no atiné, y en lugar de darle al reflejo de mi ojo derecho, le di al izquierdo, y me quedé completamente ciego para el mundo exterior, pero con unas vistas en 3D, bien nítidas, de mi coco por dentro.
Las neuronas se movían rápido, como siguiendo un espectacular entramado de terminaciones nerviosas a lo largo y ancho de mi corteza cerebral. Eran azules, brillaban, y al instante comprendí que todas mis neuronas seguían un mismo camino alrededor del córtex, un camino que, en su conjunto, formaba una silueta, la silueta de un rostro perfectamente delimitado: frente, nariz, boca, barbilla, cuello, cabello…
Reconocí la silueta porque no existe otra igual en este mundo, era la tuya. Manda huevos que sólo consiga ver las cosas más claras quedándome ciego. Te amo.
Pero el otro día me ocurrió algo curioso, se me metió algo en un ojo, me miré al espejo y en lugar de abrirme el ojo con los dedos para buscar mejor la mota, toqué el espejo con la intención de seleccionar y agrandar la imagen, o algo así, y lo raro fué que nada más tocar el espejo se abrió una pestaña nueva (en... mi párpado) ¿Te lo imaginas? Hice doble click en el espejo y aparecieron, de súbito, otras dos pestañas más sobre mi ojo derecho. Asombrado, pasé el dedo por el reflejo de mi ojo en el espejo, de derecha a izquierda (como quien pasa de una foto a otra en un iPad) y, de súbito, mi ojo se giró 180º, mirando ahora hacia dentro, hacia mi cráneo, sólo ese ojo. Y así acabé: con el ojo izquierdo mirando hacia la calle y el derecho observando mi propio cerebro (con sus chispitas neuronales rodeando la corteza).
Acerqué de nuevo la cara ante mi espejo para darle con el dedo y retomar así la posición normal de mi ojo invertido pero no atiné, y en lugar de darle al reflejo de mi ojo derecho, le di al izquierdo, y me quedé completamente ciego para el mundo exterior, pero con unas vistas en 3D, bien nítidas, de mi coco por dentro.
Las neuronas se movían rápido, como siguiendo un espectacular entramado de terminaciones nerviosas a lo largo y ancho de mi corteza cerebral. Eran azules, brillaban, y al instante comprendí que todas mis neuronas seguían un mismo camino alrededor del córtex, un camino que, en su conjunto, formaba una silueta, la silueta de un rostro perfectamente delimitado: frente, nariz, boca, barbilla, cuello, cabello…
Reconocí la silueta porque no existe otra igual en este mundo, era la tuya. Manda huevos que sólo consiga ver las cosas más claras quedándome ciego. Te amo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario