martes, 26 de marzo de 2013


¡Y tomatelo como quieras! Pero no, no fue esa frase de despedida lo que me hizo reflexionar, sino el tono empleado por tí, me refiero a decir algo y luego cerrar la puerta y que esa frase se quede ahí dentro, pululando a lo largo y ancho de esta habitación, rebotando por el techo o en mis hombros durante interminables segundos, hasta que esas ondas se vuelven débiles
o tal vez cobardes e inaudibles.
Y recordar luego su voz pero no su rostro hasta que esa voz también se borre y con ella su existencia misma (sin voz ni rostro no hay nada; la persona desaparece). Igual que con los muertos queridos, se vuelven fríos, distantes y ajenos, en el mismo momento de olvidarnos del sonido de sus voces y de su exacto timbre de voz.

Y una vez olvidados nunca vuelven,
al menos no del mismo modo.

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