viernes, 15 de marzo de 2013


Te machacas en el gimnasio para que las chicas se fijen en ti, te gastas una pasta en ropa para que las chicas se fijen en ti, sales de copas para que las chicas se fijen en ti, trabajas para pagarte el gimnasio, la ropa y las copas, así que en cierto modo también trabajas para que las chicas se fijen en ti, y lo de las copas, lo de beber, es tu forma de ahogar esa timidez congénita, cada sábado sales con tu grupo de amigos y al tercer JB en el garito de turno te acercas a cualquier chica que se te ponga a tiro e intentas entablar conversación jovial, y sonríes porque sabes que esos hoyuelos las vuelven locas, y acabas la noche mirando el fondo de ese cubata a medio tomar, frunces el ceño a intervalos y recuerdas con todo detalle lo guapo que fue el proceso con aquella chica cuyo nombre no recuerdas, y al instante llega el vacío: ¿y ahora, qué? ¿a por otra? ¿y qué me aportará la siguiente? ¿más de lo mismo? Copas, cortejo y sexo. Copas, cortejo y sexo, la rubia de hace un par de semanas, la del pelo corto del mes pasado, la morena de hace apenas diez minutos, colección de experiencias sexuales, meterla en un sin fin de agujeros sin alma, meterla en la nada una y otra vez, cero + cero + cero + cero. Trabajas para pagarte el gimnasio, para pagarte la ropa, para pagarte las copas con la sola intención de sumar ceros y luego llegas a casa de tus padres, te metes en la cama de toda la vida, la misma que te vió crecer y piensas, mañana más de lo mismo, 
"Sólo sexo consentido y sinsentido" 
Sólo eso.

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