A veces noto cierta claustrofobia cuando
escribo, como si esa parte de mí que traslado al papel o a la pantalla
me volvieran plano, como en dos dimensiones, y cada idea que traslado al
papel en forma de escrito se convirtiera de repente en prisionera
del formato, "Por ejemplo", pienso en tí, escribo tú nombre y esas
curvas tuyas que sugieren tú nombre en el papel, ese concepto de
caderas, pechos y ombligo, parecen desinflarse como quien pincha un
flotador, o una muñeca, paso los dedos sobre el papel y siento el mismo
efecto suave que si hubiera escrito “hueso”, o “lápiz”. Y si acerco la
nariz, tú nombre huele igual que “silla eléctrica” o “Berlín”.
Y si paso la lengua,
te mojas del mismo modo que
“desierto” o “espejo”.
Además, escribir tú nombre también es otra forma de matarte de mentira, mientras lo escribo te estoy quitando el aire y te condeno a la cadena perpetua del papel, luego puedo incluso arrancarte, arrugarte, hacer contigo una bolita, meterte en mi boca y tragarte.
Y sentir tú cadáver en mi estómago.
Y filtrar los buenos ratos del recuerdo que me evocas.
Y si paso la lengua,
te mojas del mismo modo que
“desierto” o “espejo”.
Además, escribir tú nombre también es otra forma de matarte de mentira, mientras lo escribo te estoy quitando el aire y te condeno a la cadena perpetua del papel, luego puedo incluso arrancarte, arrugarte, hacer contigo una bolita, meterte en mi boca y tragarte.
Y sentir tú cadáver en mi estómago.
Y filtrar los buenos ratos del recuerdo que me evocas.

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