miércoles, 26 de diciembre de 2012

A veces noto cierta claustrofobia cuando escribo, como si esa parte de mí que traslado al papel o a la pantalla me volvieran plano, como en dos dimensiones, y cada idea que traslado al papel en forma de escrito se convirtiera de repente en prisionera del formato, "Por ejemplo", pienso en tí, escribo tú nombre y esas curvas tuyas que sugieren tú nombre en el papel, ese concepto de caderas, pechos y ombligo, parecen desinflarse como quien pincha un flotador, o una muñeca, paso los dedos sobre el papel y siento el mismo efecto suave que si hubiera escrito “hueso”, o “lápiz”. Y si acerco la nariz, tú nombre huele igual que “silla eléctrica” o “Berlín”. 
Y si paso la lengua, 
te mojas del mismo modo que 
“desierto” o “espejo”.
Además, escribir tú nombre también es otra forma de matarte de mentira, mientras lo escribo te estoy quitando el aire y te condeno a la cadena perpetua del papel, luego puedo incluso arrancarte, arrugarte, hacer contigo una bolita, meterte en mi boca y tragarte.
Y sentir tú cadáver en mi estómago.
Y filtrar los buenos ratos del recuerdo que me evocas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Podría decirte que hay abrazos que duran toda la vida, cuando cierras los ojos. También podría contarte que hay personas que aparecen cuan...