lunes, 20 de mayo de 2013

Bar un millón, once y treinta de la noche, cinco mesas vacías, una máquina tragaperras, otra de tabaco y otra de discos, (Hacía como unos 15 años que no veía una de esas) está sonando, Angie de los Rollings, paredes lisas y la barra custodiada por un camarero con ojeras color licor de mora, en total, siete clientes, uno copazo en mano en la máquina tragaperras y los otros seis en la barra, bebiendo solos, en silencio, tomo asiento en el único taburete libre, al extremo izquierdo de la barra, y pido una cerveza. - ¿Caña o botella? - Botella. Siempre. Echo un ojo a la cristalera, calle desierta, no pasa un alma, el camarero me sirve la cerveza y adjunta una tapa con algo imposible de descifrar, parecen dados de carne con salsa de tomate, o fragmentos de dedos gordos recién mutilados, lo como por decoro, curioso mundo el de las tapas, curiosa costumbre, yo no he pedido eso, pero bienvenido sea. El parroquiano número cinco pide “otro cacharro, Paco”. El número tres sale a la calle a fumarse un cigarro, todos parecen cortados por el mismo patrón, el patrón de un modisto con párkinson, cada cual en su burbuja, cada copa haciendo las veces de oráculo. Dame un Dyc de apoyo y moveré mi mundo. En esto, al cliente de la tragaperras le toca el gordo, parpadean 120€ en la frente de la puta máquina, mira a su alrededor, nadie despega la vista de su copa, ¿De qué sirve ganar ciento veinte euros si nadie más que él lo ha visto? Vuelve a echar monedas y pide otro whisky con cocacola. Ahora el camarero cambia de canal con el mando a distancia, fútbol en diferido, teletienda, horóscopo, peli en blanco y negro, hokey hierba, se detiene en un documental sobre el cosmos, aparecen estrellas fugaces, el camarero observa la tele y suspira, en eso me levanto y voy al baño, saco el teléfono y la busco en mi agenda, tras tres meses sin saber de ella le envío un mensaje a su móvil: 
TE QUIERO.

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