Si Ana fuera un hombre, sería como un cura por lo civil, escucha los pecados de su clientela en ese confesionario que es la barra de su bar, escucha mientras trata de servir ese café que le han pedido, buscando siempre el diálogo más corto y esquivando converrsaciones sin sentido, y en cuanto acaba el desahogo y sin que importe la gravedad de sus pecados, los clientes llorones son absueltos por el módico precio de 1 euro.


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