miércoles, 8 de mayo de 2013


Todavía no estamos preparados, aún nos falta una vuelta de tuerca, un punto extra de coraje o llámalo huevos para decir lo que realmente pensamos, ya sea a la vecina del quinto, al notario, a la suegra, al juez o al policía. Piensa en las oportunidades perdidas, el lastre acumulado, los posos de odio y de amor que ahí se quedan. ¿Alguna vez has imaginado qué sería de ti si dijeras todo lo que piensas realmente? ¿No? Pues seguramente ahora estarías divorciada, y yo tal vez en la cárcel, pero sería el hombre más libre de la tierra. Abandonamos la infancia cuando aprendemos a mentir, a ser comedidos, políticamente correctos, socialmente adaptados. Aprendemos a comer mierda en público fingiendo apetito hasta que el cuerpo se acostumbra y lo disocia y sacia el hambre del qué dirán. Aprendemos a pensar y aplicar filtros antes de hablar, a elaborar un listado de palabras tabú para cada persona y para cada situación, ya ni siquiera las drogas nos hacen libres, las cortan con talco porque nos tienen miedo. Imagina, por ejemplo, al ministro Gallardón bajo los efectos de unas drogas sin adulterar, soltando su auténtica esencia ante los ojos atónitos de un centenar de periodistas declarándose abiertamente homosexual. "Bueno, esto último no sería ninguna primicia, 
total, eso ya lo sabemos todos"

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