sábado, 13 de abril de 2013


Caliente, amargo, fuerte y espeso, 
el café es un mundo en sí mismo. 
¿Ritual?, ¿Paréntesis?, ¿Respiro?, ¿Excusa?, 
llámalo como quieras, pero llámalo, lo necesitas.
También guarda su puntito revelador, 
cada vez que entramos en un bar 
y se acerca el camarero, al pedirle un café 
no le estamos pidiendo sólo un café; 
también le estamos diciendo cómo somos: 
Solo, con hielo, con leche, cortado, largo, 
corto, con azúcar, sacarina…  
Nuestra forma de tomarlo no es más 
que una imagen de nosotros mismos, 
de lo que somos o, quizás, 
de lo que nos gustaría ser, 
dime cómo lo tomas, y te diré quién eres. 
Yo, por ejemplo, no me fiaría demasiado 
de alguien que lo pide descafeinado, 
un café descafeinado 
es como un whisky sin alcohol, 
o como una boca sin lengua, 
no me fío de alguien que bebe
lo contrario de lo que ha pedido: 
¿Un café sin cafeína? 
Vamos, no me jodas…

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