sábado, 13 de abril de 2013



Sólo los solos meriendan 
bocadillos imaginarios,  
sólo los locos fingen estar cuerdos
sólo las cuerdas fingen estar tensas
las cuerdas donde tiendes tú ropa
ropa húmeda de cada mañana
ropa seca de cada tarde
el espíritu de tú ropa, por la noche.
Cuatro cuerdas que dan a un patio interior, 
todos los días, a las diez en punto, 
hago coincidir mi café con tú ventana, 
aguardo hasta que asomas 
tus legañas de turrón, 
sacas los brazos y tiendes la ropa.
Desde mi ventana veo tus brazos 
como si fueran arcos de violín que, 
al rozar las cuerdas, hacen música,
y cada sostén mojado que tiendes 
es una nueva corchea
y tus camisas, 
fusas difusas por el viento
y cada tanga, silencios. 
Amarras las notas con pinzas 
que pinzan las cuerdas, 
las estrangulan y suenan
cada día, a las diez en punto, 
escucho música,
todas las tardes, 
a las siete y treinta y cinco, 
hago coincidir mi cerveza con tú ventana
ahora tus blusas parecen cadáveres 
deshidratados por el sol, 
recoges la ropa seca 
(que supongo guardarás 
en la funda de tú violín) 
luego retiras las pinzas, una a una, 
y sus cuatro cuerdas entonan los últimos 
compases de una nueva despedida
y te miro, desde mi ventana
y me pregunto con qué melodía 
me deleitarás mañana.
Todas las noches, 
a cualquier hora lunar, ya no queda nada
solo silencio y grietas en tú fachada
las cuerdas tiemblan cuando el viento 
trata de imitar tú música.

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