Sólo los solos meriendan
bocadillos imaginarios,
bocadillos imaginarios,
sólo los
locos fingen estar cuerdos,
sólo las cuerdas fingen estar tensas,
las
cuerdas donde tiendes tú ropa,
tú ropa húmeda de cada mañana,
tú ropa
seca de cada tarde,
el espíritu de tú ropa, por la noche.
Cuatro cuerdas que dan a un patio interior,
todos
los días, a las diez en punto,
hago coincidir mi café con tú ventana,
aguardo hasta que asomas
tus legañas de turrón,
tus legañas de turrón,
sacas los brazos y tiendes la ropa.
Desde mi ventana veo tus brazos
como si fueran arcos de violín que,
al
rozar las cuerdas, hacen música,
y cada sostén mojado que tiendes
es una nueva
corchea,
y tus camisas,
fusas difusas por el viento,
fusas difusas por el viento,
y cada tanga,
silencios.
Amarras las notas con pinzas
que pinzan las cuerdas,
que pinzan las cuerdas,
las
estrangulan y suenan,
cada día, a las diez en punto,
escucho música,
escucho música,
todas las tardes,
a las siete y treinta y cinco,
a las siete y treinta y cinco,
hago coincidir mi cerveza con tú ventana,
ahora tus blusas parecen cadáveres
deshidratados
por el sol,
recoges la ropa seca
recoges la ropa seca
(que supongo guardarás
en la funda de tú violín)
en la funda de tú violín)
luego retiras las pinzas, una a una,
y sus cuatro cuerdas
entonan los últimos
compases de una nueva despedida,
y te miro, desde mi ventana,
compases de una nueva despedida,
y te miro, desde mi ventana,
y me pregunto con qué melodía
me deleitarás mañana.
me deleitarás mañana.
Todas las noches,
a cualquier hora lunar, ya no queda nada,
a cualquier hora lunar, ya no queda nada,
solo silencio y
grietas en tú fachada,
las cuerdas tiemblan cuando el viento
trata de imitar
tú música.

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