miércoles, 17 de abril de 2013

Estan los que siempre miran a los ojos cuando hablan. Los que no miran nunca a los ojos. Los que sólo miran a los ojos cuando la otra persona es conocida, o íntima. Los que sólo miran a los ojos de los completos desconocidos. Los que fijan la vista en los labios del que habla. Los que miran hacia arriba o hacia abajo o hacia el infinito cuando escuchan. Los que miran a los ojos pero sin mirar, con la mirada fija pero ausente. Los que miran a los ojos reflejados en cualquier espejo pero luego te vuelves y ahí, cara a cara, rehuyen tu mirada. Los que cierran los ojos al hablar de ciertos temas importantes. Los que sólo miran a los ojos cuando tú no miras los suyos, y viceversa. Los que aguantan tu mirada como retándote. Los que se ocultan tras la excusa de un flequillo demasiado largo o unas gafas de sol. Los que sólo miran a los ojos cuando tratan de seducir. Los que sólo miran a los ojos cuando dicen la verdad o mienten.
Yo no sabría si fiarme más o menos de los que miran a los ojos cuando hablan, como de aquellos que evitan tu mirada, algunos ojos son siempre tímidos o temen ser desnudados (o cazados) otros, sin embargo, son tan fríos que jamás sacarás conclusión alguna a través de ellos, o cristalinos; sin nada que ocultar, o despojados de miedo, o en otro mundo. Ahora, mírame a los ojos y cuéntame cosas.

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