Durante la tarde-noche del Sábado tomando unas cervezas con mi cuñado en el bar de su barrio, tomaron asiento en el taburete contiguo al mío, el cura del barrio primero y un marica despues(Tambien del barrio). Los dos en fin, usaron el mismo taburete, los dos apoyaron sus espaldas sobre el mismo respaldo, los dos dejaron los posos de un cachito de su tiempo pegados al mismo asiento, los dos tan distintos, pero con algo en común, un mismo espacio donde plantar su culo, un mismo camarero que habla con ellos, la misma temperatura del aire acondicionado, el mismo partido de football, el mismo olor a pescaito frito para el cura y para el marica. Aquel cura se agarró del mismo apoyabrazos que el marica, ambos permanecieron varios minutos con su mano derecha asida a la misma pieza de plástico, el rastro de sudor del cura en la palma del marica, las células muertas del primero sobre las líneas de la vida del segundo, o segunda, o lo contrario del cuerpo que el Dios del primero le puso a la segunda, despues de todo no somos tan distintos. Si el cura que el sábado estuvo sentado al lado mío fuera consciente de lo metafísicamente unido que ha estado al otro ocupante de ese mismo taburete, no sería tan xenófobo, no podría ir en contra de los genes que otros dejaron pegados en el asiento y que su piel absorbió sin querer ni poder evitarlo hasta alcanzar su sangre, sus huesos y su cabeza, no podría ir en contra de esa naturaleza que es la misma para todos, porque todos viajamos por algo, teniendo el mismo inicio y el mismo final, sólo cambia la ruta.

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