
La mayor de las chicas llevaba en su mano derecha, una percha con una camisa blanca de hombre perfectamente planchada y abotonada. Al pasar justo delante mío, la madre de las chicas suspiró un, ¡Ay mi Juan! Lo que me dejó helado, dada la situación supuse que el difunto a visitar era el marido de la reciente viuda y padre de las otras dos, supuse que aquella camisa recién planchada que llevaba la reciente huérfana era y sería para vestir al difunto, escogieron sin duda, su mejor camisa en vida.
Tal vez la misma hija mayor, buscando tomar las riendas del drama reinante, hubiera abierto el armario de su padre con la intención de escoger de entre otras tantas, su mejor camisa, habría planchado la camisa con sumo cuidado, despacio, para luego colgarla en una percha y abrochar, uno a uno, sus botones con igual cadencia, apretando los dientes, recordando mil imágenes o puede que tratando de evitar todo recuerdo por no mancharla de lágrimas.
La camisa que acababa de rozarme al pasar junto a mi sería en breve usada por un cadáver que no conozco. ¿Sería la viuda quien le vistiera? Y si fuera así ¿Cuál será la sensación de esa viuda en el preciso momento de ponerle la camisa y abrocharle por última vez los botones al cuerpo inerte y frío de su Juan de siempre? ¿Qué harán después con la percha? ¿Tirarán la percha en cualquier papelera o tomarán otro taxi de vuelta a casa con la percha ya sin camisa en la mano, acariciando sus formas?
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Nota: Cuando pasaron junto a mi no pude evitar tocar con mi dedo meñique el puño de esa camisa, era de seda, la misma seda que surgió de los gusanos.....
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