martes, 2 de abril de 2013


Dicen que el mar relaja la vista por su ausencia de límites, porque los ojos que lo contemplan no necesitan procesar distancias ni barreras porque no hay barreras ni distancias que procesar
lo mismo dicen del desierto 
o del cielo abierto sin nubes.
Pienso en esto mientras camino por una ciudad sin mar, ni desiertos, ni más cielo que el que intenta colarse por el hueco de los edificios, aquí todo son dimensiones, barreras y matices, información que tu cerebro procesa a velocidad de infarto, aunque sólo sea para no estamparte contra un muro o evitar tomar el camino equivocado, las grandes ciudades están llenas de planos superpuestos, de ruido visual, de colores y luces y sombras; de formas estáticas o en movimiento (aunque todas las formas se acaben moviendo en su ley relativa: Si no se mueven ellas serás tú quien se mueva a su paso). Son bombardeos constantes de datos difícilmente digeribles; no se retiene ni se procesa apenas nada, se escapan detalles que de inmediato quedan almacenados en la memoria caché del iris.
Y si por un momento cierras los ojos tus párpados jamás tendrán el mismo efecto que el mar, porque serán párpados viciados, espejos oscuros 

del estrés de tus ojos,
y llorar tampoco arrastrará nada, 

aunque las lágrimas sean saladas.

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