Prohibido fumar en los bares, en las inmediaciones de los hospitales y
en los parques infantiles. Prohibido comprar tabaco en gasolineras y
quioscos de prensa. Prohibido comprar alcohol entre las 22h y las 7h.
Prohibido beber alcohol en la calle. Prohibido manipular la pantalla del
GPS mientras conduces. Prohibido hablar por teléfono mientras conduces.
Prohibido rebasar la velocidad máxima. Prohibido rebasar la velocidad
mínima. Prohibido conducir bajo los efectos del alcohol o de las drogas.
Prohibido circular sin chaleco reflectante o triángulos de emergencia.
Prohibido exhibir o publicar fotos en las que aparezcan rostros de niños
no pixelados. Prohibido ejercer o contratar servicios de prostitución.
Prohibido comprar, vender o consumir drogas. Prohibido hacer fuego en
los bosques. Prohibida la acampada libre. Prohibido vender psicofármacos
sin receta.
Prohibido hacer graffitis en las paredes.
Papá Estado sanciona nuestra falta de civismo. Papá Estado nos
prohibe beber en la calle porque muchos jóvenes, en su día, no supieron
comportarse y ensuciaban las calles y armaban escándalo y liaban la de
Dios cada fin de semana. También nos prohibe acampar y hacer fogatas en
los bosques porque hubo descuidos que provocaron incendios. También nos
prohibe conducir ebrios porque demasiados conductores obtusos no fueron
conscientes del peligro que suponía manejar un vehículo bajo los efectos
del alcohol. Y hubo muertes. Muchas muertes.
Sin embargo, cada nueva prohibición es consecuencia de otro nuevo
fracaso en nuestro sistema educativo. Si Papá Estado nos hubiera
educado, desde bien pequeños, en el civismo y el bienestar común
(vivimos en sociedad, ¿Recuerdas?), no sería necesario prohibirnos nada
de esto, ya que a nadie se le ocurriría conducir a 200 km/h por una
carretera convencional, o arrancarle de cuajo la cabeza a una estatua
o manchar con un spray la pared del vecino.
Las prohibiciones, en fin, reprimen al individuo. La educación, sin embargo, construye ciudadanos libres.
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