¡Qué madura es la quemadura sin espacios!
Esa que escuece y deja rastro.
Te regalo mi arroz, por si se pasa
y mi colección de agostos, ya no los quiero.
Madurar es que alguien te sujete
esas carnes que ahora cuelgan,
encontrar el momento apropiado
y buscar un wonderbra a la medida
del resto de tú vida.
Caminar siempre al otro lado de la línea
pero sin acercarte a ella,
ni mucho menos esnifarla,
por si el efecto te invitara a escucharte.
(Nadie en su sano juicio se escucha demasiado).
Y nada de probar otras mieles,
por ti me volví diabetico, mi amor.
A mi la madurez me la impuso La Caixa.
Por aquellos entonces
muchos de mis amigos de siempre tambien
decidieron madurar “sentar la cabeza”
(decrépita expresión)
y sus pieles se fueron acartonando,
y tenían más ojeras que antes
aún durmiendo más,
y compraron todos dentífricos blanqueadores.
¡Ah! y un multimando a distancia que redujo
sus siete mandos a uno, con un soporte a juego
con la mesita del salón, dejaron de salir a la calle
cuando llovía y solo follaban en función
de los ciclos menstruales de la parte contratante.
Con veintidos años yo no quería eso,
ahora, con cincuenta y uno, tampoco lo quiero.
Sigo pensando que sentar la cabeza
es no ejercitar los músculos de tú incertidumbre,
venderte a una sola vida, y yo, nunca quise eso.
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